El tercer viaje del chinchorro fue totalmente distinto de los anteriores. En
primer lugar, la frágil embarcación había sido cargada con exceso. Con cinco
hombres —de los cuales, tres, Trelawney, Redruth y el capitán, eran hombres
corpulentos— ya hubiera sufrido quizá demasiado peso. Y si a ello añadimos
la pólvora, las barricas de salazón y los sacos de galleta, es fácil imaginarse
que por la popa el mar estaba a ras de la borda, lo que ocasionó que más de
una vez embarcásemos agua y que mi calzón y los faldones de mi casaca
estuvieran empapados antes de avanzar ni cien yardas.
El capitán nos distribuyó en diversas formas para equilibrar el bote, y algo
logramos, pero teníamos miedo hasta de respirar. Como además la marea ya
bajaba con fuerza, formando una corriente que arrastraba hacia el oeste a
través de la ensenada y luego hacia el sur, hacia alta mar, iba alejándonos del
canal que habíamos utilizado por la mañana. Hasta las más pequeñas olas
representaban un peligro para nosotros en aquellas condiciones; pero lo peor
era luchar contra la corriente, porque no había manera de conservar el rumbo
hacia nuestro punto de atraque protegido por el saliente rocoso. Estábamos
derivando peligrosamente hacia el lugar donde precisamente habían amarrado
sus botes los piratas, y éstos podían aparecer en cualquier momento.
—No puedo mantener el rumbo, es imposible —le dije al capitán, pues era
yo quien gobernaba, mientras Smollett y Redruth, más descansados, se
afanaban en los remos—. La marea es fuerte y nos desvía —le expliqué—.
Hay que remar con más fuerza.
—No podemos, sin correr el riesgo de inundar el chinchorro —contestó el
capitán—. ¡Mantened el rumbo, contra corriente, mantenedlo cuanto sea
posible!
Lo intenté, pero mi experiencia me aseguraba que la marea nos arrastraría
violentamente, y no pudimos evitar que el botecillo derrotara hacia el este, es
decir, casi en ángulo recto con el rumbo que debíamos seguir.
—Así nunca conseguiremos llegar —dije.
—No podemos seguir otro rumbo —contestó el capitán—. Hay que luchar
contra la corriente. Fijaos —continuó—, si derivamos a sotavento de nuestro
punto de destino, es difícil saber dónde atracaremos, y, además, vamos a
quedar expuestos a que los amotinados nos aborden, mientras que con este
rumbo llegará un punto en que la marea amaine, y entonces podremos regresar
costeando.
—La corriente empieza a ceder, señor —dijo el marinero Gray, que iba
encaramado a la proa—. Ya no es preciso retener tanto el timón.
—Bien, muchacho —le dije, y le hablé como si nada hubiera ocurrido,
como si desde el principio hubiera sido leal, que era lo que habíamos decidido
el capitán y yo.
De pronto, el señor Smollett pareció recordar algo importantísimo, y
exclamó con voz alterada:
—¡El cañón!
—Ya había pensado en ello —contesté yo, relacionándolo con un posible
bombardeo del fortín—. Pero nunca podrán llevar el cañón a tierra, y si lo
hacen, no es fácil arrastrarlo a través de la maleza.
—Mirad a popa —me indicó el capitán.
Nos habíamos olvidado por completo de la pieza larga del nueve; y vi con
espanto cómo los cinco facinerosos que quedaban a bordo se afanaban en
torno a ella, quitándole la «chaqueta», como llamaban a la lona embreada que
la protegía. Y recordé entonces que también habíamos olvidado en la goleta
las granadas del cañón y los detonantes, y que bastaría con que dieran con los
pertrechos para que los amotinados se hicieran dueños de todo.
—Israel era el artillero de Flint —dijo Gray con voz ronca.
Arriesgándolo
entonces
todo,
enfilamos
decididos
hacia
el
desembarcadero. La corriente había amainado lo suficiente como para que
pudiéramos gobernar el chinchorro sin demasiados problemas, pero, en la
deriva a que nos había arrastrado, navegábamos ahora, además de con cierta
lentitud, con un rumbo que nos presentaba de costado la Hispaniola, en lugar
de popa, con lo que ofrecíamos mejor blanco que la puerta de un corral.
Desde nuestra posición podía ver y oír a aquel bribón aguardentoso de
Israel Hands, que hacía rodar una gruesa granada por cubierta.
—¿Quién es aquí el mejor tirador? —preguntó el capitán.
—El señor Trelawney, sin duda —dije yo.
—Señor Trelawney —dijo entonces el capitán—, ¿tendríais la amabilidad
de quitar de en medio a uno de esos perros levantiscos…, a Hands, si os fuera
posible?
Trelawney, impávido, frío como el acero, cebó su mosquete.
—Tened cuidado —dijo el capitán— al disparar, no vayamos a zozobrar.
Atención todos para asegurar el chinchorro cuando el señor Trelawney apunte.
El squire levantó su arma, cesamos de remar y nos situamos en posición de
hacer de contrapeso; he de decir que ni una gota de agua penetró en nuestro
bote.
Los amotinados, entre tanto, habían girado la cureña y ahora trataban de
apuntar hacia nosotros; Hands, que estaba junto a la boca del cañón con el
atacador, era sin duda el mejor expuesto. Pero nos falló la suerte, porque, en el
mismo instante de disparar el squire. Hands se agachó y la bala, que rozó su
cabeza, alcanzó a otro de sus compinches.
Al caer éste, dio un grito que no sólo puso en movimiento a sus
compañeros a bordo, sino que alertó a los que estaban en tierra, y mirando
hacia la playa pude ver a los piratas salir en tropel por entre los árboles para
ocupar sin pérdida de tiempo sus puestos en los botes.
—Mirad esos botes, señor —le dije al capitán.
—¡Avante! —ordenó él entonces—, olvidad toda precaución. Si nos vamos
a pique, tanto peor.
—Sólo veo acercarse uno de los botes —le indiqué—; los otros marineros
seguramente estarán tomando posiciones en tierra.
—Buena carrera habrán de darse —repuso el capitán—, y ya sabéis lo que
es un Jack en tierra. No me preocupan demasiado. Me alarma más ese cañón.
Cómo hemos podido olvidar deshacernos de las granadas. La doncella de mi
esposa sería capaz de acertar en el tiro. Señor Trelawney, estad atento y, si veis
que encienden la mecha, advertidnos para que aguantemos sobre los remos.
Con todos estos acontecimientos habíamos avanzado un trecho muy
considerable, a pesar de ir sobrecargados. No nos faltaba mucho para arribar,
con treinta o cuarenta bogadas más atracaríamos; el reflujo había descubierto
ya una estrecha restinga bajo los árboles, que se amontonaban en la orilla. Y
tampoco sentíamos excesivo temor por el bote que nos perseguía, porque el
promontorio nos ocultaba a sus ojos. La corriente que tanto nos había
perjudicado, nos compensaba ahora retrasando a nuestros enemigos. Pero el
cañón era un peligro del que aún no nos habíamos librado.
—Me entran tentaciones, aunque signifique perder un poco de tiempo, de
detenernos y quitar de en medio a otro de esos bandidos —dijo el capitán.
Porque era evidente que éstos no estaban dispuestos a retrasar otra
andanada. Ni siquiera habían atendido a su compañero herido, al que veíamos
tratando de alejarse a rastras.
—¡Preparados! —gritó el squire.
—¡Aguantad! —ordenó el capitán, presto como un eco.
Y él y Redruth aguantaron los remos con tal esfuerzo, que la popa del
chinchorro se hundió bajo las aguas. En ese instante retumbó el cañonazo. Fue
—como más tarde supe— el que Jim escuchó, ya que el disparo del squire no
llegó a sus oídos. La bala pasó sobre nuestras cabezas, supongo, aunque
ninguno puede decirlo, pero el aire que desplazó seguramente contribuyó para
que zozobrásemos.
El chinchorro empezó a hundirse por la popa. La profundidad era sólo de
tres pies, y, aunque algunos cayeron de cabeza al mar, pronto se levantaron,
empapados; el capitán y yo permanecimos de pie, enfrente uno del otro.
No sufrimos grandes daños. Nos habíamos salvado y pudimos vadear hasta
la costa sin ningún peligro. Pero todos nuestros pertrechos quedaron
inutilizados en el agua, y hasta de los cinco mosquetes sólo dos estaban aún en
condiciones de ser utilizados. Agarré el mío antes de caer al mar y lo alcé
sobre mi cabeza como por una especie de instinto. El capitán llevaba el suyo
colgado al hombro y prudentemente con el cañón hacia arriba. Pero los demás
quedaron en el fondo.
Para aumentar nuestra confusión, escuchamos voces que se acercaban por
el bosquecillo que bordeaba la ribera; lo que aumentó nuestros temores, no ya
tan sólo porque nos cortasen el camino hacia la empalizada, y en la
indefensión en que nos hallábamos, sino considerando que Hunter y Joyce, de
ser atacados por media docena siquiera, no tuvieran el buen sentido y la
decisión suficiente para resistir. Que Hunter era hombre firme, nos constaba;
pero Joyce era dudoso, pues, si bien se trataba de alguien de buena disposición
como criado, la capacitación de hombre de armas no era la misma que para
cepillar la ropa.
Con todas estas cavilaciones por fin logramos alcanzar la costa. Pero atrás
quedaba nuestro pobre chinchorro y con él la mitad de nuestras municiones y
avituallamiento.
