PARTE TERCERA: MI AVENTURA EN LA ISLA
El aspecto de la isla, cuando a la mañana siguiente subí a cubierta, había
cambiado por completo. La brisa había amainado, y, aunque durante la noche
navegamos bastante, en aquel momento nos encontrábamos detenidos en la
calma a media milla del suroeste de la costa oriental, que era la más baja.
Bosques grisáceos cubrían gran parte del paisaje. En algunos puntos esa
tonalidad monótona se salpicaba con sendas de arena amarilla desde la playa y
con árboles altos, parecidos a los pinos, que se agrupaban sobre la general y
uniforme coloración de un gris triste. Los montes se destacaban como rupturas
de la vegetación y semejaban torres de piedra. Sus formas eran extrañas, y el
de más rara silueta, que sobresalía en doscientos o trescientos pies a los otros,
era el Catalejo; estaba cortado a pico por sus laderas y en la cima se truncaba
bruscamente dándole la forma de un pedestal.
La Hispaniola se balanceaba hundiendo sus imbornales en las aguas. La
botavara tensábase violentamente de las garruchas, y el timón, suelto,
golpeaba a un lado y otro, y las cuadernas crujían, y todo el barco resonaba
como una factoría en pleno trabajo. Tuve que agarrarme con fuerza a un cabo,
pues el mundo entero parecía girar vertiginosamente ante mis ojos, y, aunque
yo para entonces ya me había convertido casi en un marino veterano, estar allí,
en aquella calma, pero meciéndonos como una botella vacía entre las olas,
pudo más que el hábito que ya comenzaba a desarrollar, sobre todo con el
estómago vacío, como estaba aquella mañana.
Quizá fuera eso, o acaso el aspecto de la isla, con sus bosques grises y
melancólicos y sus abruptos roquedales y el rumor de la rompiente contra la
escarpada costa; pero lo cierto es que, aunque el sol resplandecía hermosísimo
y las gaviotas pescaban y chillaban a nuestro alrededor, y sobre todo el gozo
natural a cualquiera que después de una larga travesía descubre tierra, el alma
se me cayó a los pies, como suele decirse, y la primera impresión que quedó
grabada en mis ojos de aquella isla sólo me inspiraba aborrecimiento.
La mañana se nos presentó por completo dedicada a las más pesadas
faenas, pues, como no veíamos señal alguna de viento, fue necesario arriar los
botes y remolcar remando la goleta durante tres o cuatro millas, hasta que
doblamos el extremo de la isla y enfilamos el fondeadero que estaba detrás de
la Isla del Esqueleto. Yo me presté de voluntario para remar en uno de los
botes, donde, por supuesto, no hice ninguna falta. El calor resultaba
insoportable y los marineros maldecían a cada golpe de remo. Anderson, que
patroneaba mi bote, era el primero en jurar más alto que ninguno.
—¡Menos mal que se le ve el fin a esto! —vociferaba.
Aquel comportamiento no me daba buena espina, pues fue la primera vez
que los marineros no cumplían con presteza sus deberes; no cabe duda que a la
vista de la isla las ataduras de la disciplina habían empezado a soltarse.
Mientras remolcábamos la goleta, John «el Largo» no se separó del
timonel y fue marcando el rumbo. Conocía aquel canal como la palma de su
mano, y, aunque el marinero que iba sondeando en proa siempre anunciaba
más profundidad que la que constaba en la carta, John no titubeó ni una sola
vez.
—Aquí se da un arrastre muy fuerte con la marejada —decía—, y este
canal ha sido dragado, como si dijéramos, con una azada.
Anclamos precisamente donde indicaba el mapa, a un tercio de milla de
cada orilla, de un lado la Isla del Esqueleto y del otro la grande. La mar estaba
tan clara, que podíamos ver el fondo arenoso. Cuando largamos el ancla, la
fuente de espuma que desplazó hizo alzar el vuelo a una nube de pájaros, que
durante unos instantes llenaron el cielo con sus graznidos; luego se posaron de
nuevo en los bosques y todo volvió a hundirse en el silencio.
El fondeadero estaba muy bien protegido de los vientos y rodeado por
frondosos bosques, cuyos árboles llegaban hasta la misma orilla; la costa era
llana y las cumbres de los montes se alzaban alrededor, al fondo, en una
especie de anfiteatro. Dos riachuelos, o mejor, dos aguazales, desembocaban
lentamente en una especie de pequeño lago, y la vegetación lucía un verdor
extraño, como una pátina de ponzoñoso lustre. Desde el barco no se llegaba a
divisar el pequeño fuerte o empalizada señalada en el mapa, porque estaba
encerrado por los árboles, y, a no ser porque aquél lo indicaba, hubiéramos
podido creer que éramos los primeros que fondeaban desde que la isla surgió
de los mares.
No corría el menor soplo de aire, y el silencio sólo era roto por el rugido de
las olas al romper, a media milla de distancia, en las largas playas rocosas. Un
olor pestilente de agua estancada cubría el fondeadero como de hojas y troncos
podridos. Vi que el doctor olfateaba con desagrado, como si olisquease un
huevo poco fresco.
—Ignoro si habrá por aquí algún tesoro —dijo—, pero apuesto mi peluca a
que es lugar pródigo en fiebres.
Si el comportamiento de la tripulación había empezado a inquietarme ya en
los botes, cuando regresaron a bordo se hizo claramente amenazador. Tendidos
en cubierta, en pequeños corrillos, discutían en voz baja. La más ligera orden
era recibida con torvas miradas y ejecutada de la peor gana. Hasta los
marineros leales parecían contaminados, pues no había ninguno a bordo que
pudiera servir de modelo a los demás. El motín se palpaba en el aire como la
inminencia de una tormenta.
Y no éramos nosotros tan sólo quienes barruntábamos el peligro. John «el
Largo» se afanaba corriendo de corrillo en corrillo, dando consejos y tratando
de mostrarse lo menos amenazador posible. Hasta se excedía en solicitud y
diligencia, deshaciéndose en sonrisas y halagos. Si se daba una orden, allí
estaba él en un periquete, muleta en ristre, con el más animoso «¡listo, señor!»,
para cumplirla. Y cuando no había nada que hacer, entonaba una canción tras
otra, como para ocultar la tensión reinante.
De todos los signos de amenaza que se leían en la actitud de la tripulación
aquella tarde, la ansiedad de John «el Largo» me pareció el más grave.
Volvimos a reunirnos en el camarote para celebrar consejo.
—Señor Trelawney —dijo el capitán—, no puedo ya arriesgarme a dar
ninguna orden, pues se negarían a cumplirla, ante lo cual sólo quedan dos
soluciones, a cual peor: Si no soy obedecido y trato de obligar a un marinero,
creo que la tripulación se amotinaría; y si, por el contrario, callo ante la
rebeldía, Silver no tardará en darse cuenta de que hay gato encerrado, y
nuestro juego quedará al descubierto. Pues bien, sólo podemos confiar en un
hombre.
—¿Y quién es él? —preguntó el squire.
—Silver, señor —respondió el capitán—, que tiene tanto interés como vos
o yo en suavizar las cosas. Evidentemente el comportamiento que venimos
observando muestra que entre ellos hay claras desavenencias. Si damos
ocasión a Silver, él no tardará en apaciguar a los más levantiscos. Y yo
propongo precisamente que se le proporcione tal ocasión. Demos a la
tripulación una tarde libre para que desembarquen a su antojo. Si desembarcan
todos, nos apoderaremos del barco y nos haremos fuertes. Si ninguno decide ir
a tierra, en ese caso nos defenderemos desde los camarotes… y que Dios nos
ayude. Y si sólo unos cuantos desembarcan, bien, Silver los traerá de regreso y
más mansos que corderos.
Decidimos seguir las indicaciones del capitán. Se repartieron pistolas a
todos los hombres seguros; a Hunter, a Joyce y a Redruth se les puso al
corriente de lo que pasaba, y recibieron la noticia con menos sorpresa y mejor
ánimo de lo que cabía esperar; después el capitán subió a cubierta y les habló a
los marineros:
—Muchachos —les dijo—, la jornada ha sido muy dura y este calor es
insufrible. Creo que bajar a tierra vendría bien a más de uno. Los botes están
ahí, podéis usarlos y pasar la tarde en la isla. Media hora antes de la puesta del
sol os avisaré con un cañonazo.
Pienso que la tripulación, en su obcecación, se figuraba que bastaría con
desembarcar para dar de narices con los tesoros que allí hubiera, pues su
enemistad se disipó en un instante y prorrumpieron en un «¡Hurra!» tan
clamoroso, que resonó en el eco desde las lejanas colinas e hizo levantar de
nuevo el vuelo de los pájaros que volvieron a cubrir la rada.
El capitán era demasiado astuto para seguir en cubierta. Desapareció como
por ensalmo y dejó a Silver organizar aquella expedición. Y creo que obró
muy cuerdamente, porque de haber permanecido allí no hubiera podido seguir
fingiendo que desconocía la situación, que saltaba a la vista. Porque Silver se
reveló como el verdadero capitán de aquella tripulación de amotinados. Los
marineros fieles —y pronto se demostró que aún quedaban algunos— debían
ser muy duros de mollera, o, más bien, lo que seguramente ocurría es que
todos se hallaban, unos más y otros menos, descontentos de sus cabecillas, y
unos pocos, que en el fondo eran buena gente, ni querían ir ni hubieran
permitido que se les llevara más lejos. Porque una cosa era hacerse los
remolones y no cumplir las órdenes, y otra bien distinta apoderarse
violentamente de un navío y asesinar a unos inocentes.
Se organizó la expedición. Seis marineros quedaron a bordo y los trece
restantes, entre ellos Silver, embarcaron en los botes.
Entonces fue cuando se me ocurrió la primera de las descabelladas ideas
que tanto contribuyeron a salvar nuestras vidas. Porque pensé que, si Silver
había dejado seis hombres a bordo, era evidente que nosotros no podríamos
hacernos con el barco y defenderlo; y por otra parte, siendo seis, tampoco mi
presencia hubiera servido de mucha ayuda. Y se me ocurrió desembarcar
también. Y, sin pensarlo dos veces, me descolgué por una banda y me
acurruqué en el castillo de proa del bote más cercano, en el mismo momento
en que empezó a moverse.
Nadie hizo caso de mi presencia, y el remero de proa me dijo:
—¿Eres tú, Jim? Agacha la cabeza.
Pero Silver, que iba en otro bote, miró inmediatamente hacia el nuestro, y
gritó preguntando si yo estaba allí; y desde aquel momento empecé a
arrepentirme de mi decisión.
Las dos tripulaciones competían por llegar los primeros a la costa, pero mi
bote, que era más ligero que el otro, tomó delantera y atracó antes junto a los
árboles de la orilla. Yo me agarré a una rama para saltar fuera y procuré
desaparecer lo antes posible en la espesura, pero en ese momento oí la voz de
Silver, que con los demás se encontraba a cien yardas de distancia:
—¡Jim!, ¡Jim! —me gritó.
Esto hizo que yo aligerase aún más el paso, como es lógico imaginar; y
saltando por entre las ramas como alma que lleva el diablo, corrí tierra adentro
hasta que no pude más de cansancio.
