Aquella noche la pasamos en el natural ajetreo que precede a zarpar, dando
las últimas disposiciones sobre los pertrechos, y atendiendo a las amistades del
squire, que como el señor Blandly y otros, se acercaban con sus botes a desear
una buena travesía y un feliz regreso. Jamás en la «Almirante Benbow» había
yo pasado noche tan agitada; y rendido por la fatiga me sorprendió, poco antes
del amanecer, el silbato del contramaestre y el movimiento de la tripulación
empezando a situarse en sus puestos junto a las barras del cabrestante. Así
hubiera estado mil veces más cansado, nada en el mundo hubiera podido
hacerme abandonar en ese momento la cubierta. Todo era tan nuevo y
fascinante para mí: las voces de órdenes, las agudas notas del silbato, los
marineros que corrían a ocupar sus puestos bajo la luz de los faroles.
—¡Barbecue! —gritó alguien—, ¡cántanos una canción!
—Aquella antigua canción —dijo otro.
—Bien, bien, compañeros —dijo John «el Largo», que apoyado en su
muleta los miraba; y entonces empezó a cantar aquella canción que tantas
veces ya había yo escuchado:
«Quince hombres en el cofre del muerto…».
Y toda la tripulación coreó sus palabras:
«¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!».
Y con la tercera carcajada, las barras empezaron a girar briosamente.
A pesar de la emoción, mi pensamiento me llevó a la vieja «Almirante
Benbow», y creí oír de nuevo la voz del capitán que se unía a la de estos
marineros. El ancla surgió de las aguas y quedó fijada, goteando agua y algas
enarenadas. Las velas y largadas restallaron con el viento del amanecer y casi
de inmediato los barcos fondeados y la tierra empezaron a alejarse, y antes de
que, rendido, me tumbase para gozar de ese ensueño, la Hispaniola abrió su
travesía hacia la Isla del Tesoro.
No voy a relatar todos los pormenores de nuestro viaje. Diré que, en su
conjunto, fue satisfactorio. La goleta era un magnífico barco; la tripulación
demostró su competencia y el capitán Smolett dio pruebas de su talento en el
mando. Pero sucedieron dos o tres cosas, antes de alcanzar el término de
nuestro viaje, que debo relatar.
Para empezar, el señor Arrow resultó ser aún mucho peor de lo que el
capitán imaginaba. Carecía de autoridad sobre los marineros y éstos
desobedecían sus órdenes a su antojo; pero lo más grave fue que, casi desde el
día siguiente a nuestra partida, empezó a deambular por cubierta con ojos
vidriosos, el rostro enrojecido, la lengua estropajosa y dando numerosas
muestras de embriaguez. Una vez y otra se le ordenó el arresto en su camarote,
lo que dio lugar a bochornosas situaciones; pero todo fue inútil, pues continuó
emborrachándose sin cesar, y, cuando no se encontraba amodorrado en su
litera, se le veía dar trompicones por la cubierta. Algún instante tuvo de
lucidez, en los que atendía a sus obligaciones, aunque jamás como debiera. Y
nunca pudimos averiguar dónde se procuraba la bebida. Ese fue el misterio del
barco; por mucho que lo vigilábamos, no lográbamos dar con su escondite, y,
cuando incluso se le llegó a preguntar con toda franqueza, se limitó a sonreír,
si estaba borracho, o a negar, si sobrio, solemnemente, que hubiese bebido
más que agua.
Si resultó inútil como oficial y su presencia constituía el peor ejemplo para
la tripulación, con todo lo más grave es que aquel camino lo llevaba
rápidamente a un fin desdichado. Y así nadie se sorprendió cuando en una
noche sin luna, con la mar de frente y marejada, desapareció para siempre
arrastrado por las olas.
—Se lo había buscado —dijo el capitán—. Bien, caballeros, nos ha evitado
tener que engrilletarlo en el sollado.
Pero el hecho es que nos habíamos quedado sin piloto; y así no hubo otro
medio que ascender de grado a otro de los tripulantes. El contramaestre, Job
Anderson, era el más indicado de cuantos íbamos a bordo, y, aun conservando
su categoría, empezó a desempeñar el oficio de segundo. El señor Trelawney,
que como he referido ya había viajado mucho con anterioridad y poseía
notables conocimientos como navegante, también desempeñó un buen papel
en aquellas circunstancias, llegando incluso a prestar guardias en días serenos.
También nos fue de mucha ayuda el timonel, Israel Hands, un viejo marinero
con experiencia y cuidadoso de su desempeño y en quien además se podía
confiar como en uno mismo.
Hands era el amigo más cercano de John Silver «el Largo», del cual ya es
hora que hable: nuestro cocinero, «Barbecue» como le llamaban los otros
tripulantes.
Desde que subió a bordo, y para moverse con mayor soltura, había
sujetado su muleta al brazo con una correa que ataba a su cuello, lo que le
permitía usar ambas manos. Era admirable verlo cómo atendía a sus guisos
apoyando el pie de la muleta contra un mamparo, lo que le daba el mejor
sostén ante el bandear de la goleta. Y más aún contemplar su paso por la
cubierta en medio de los más recios temporales. Para ayudarse había amarrado
unas guindalezas que lo defendía en los tramos más abiertos —«empuñaduras
de John», las apodaron los marineros— y asiéndose a ellas volaba de un sitio a
otro lo mismo usando su muleta que arrastrándola, con la misma prestancia
que otro de piernas vigorosas. Sólo quienes habían navegado ya antes con él se
lamentaban de sus perdidas facultades.
—No ha habido dos como Barbecue —me contó un día el timonel—. Y no
creas que no tuvo buena educación en su mocedad, y cuando quiere sabe
hablar como los libros, y en cuanto a valor… ¡un león es nada a su lado! Con
estos ojos lo he visto trincar a cuatro y romperles a los cuatro la cabeza de un
solo golpe… ¡y estando él desarmado!
Desde luego toda la tripulación lo respetaba y obedecía. Tenía una maña
especial para hacerse con cada uno y a todos sabía prestarles la ayuda precisa.
Conmigo no tuvo sino la mejor disposición, y me trató siempre con alegría al
verme aparecer por la cocina, y he de decir que cuidaba de ésta como el más
escrupuloso de los criados limpiaría la plata: todas las cacerolas lucían
brillantes y ordenadas. Y allí, en un rincón, colgaba una jaula donde vivía su
loro.
—Pasa, Hawkins —me decía—; siéntate a echar un párrafo con el viejo
John. Eres la persona que veo con más gusto, hijo. Siéntate y vamos a oír lo
que tenga que decirnos el Capitán Flint. Le puse ese nombre a mi loro por el
famoso pirata. Bien, Capitán Flint, predice el éxito de nuestro viaje. ¿No es
así, Capitán?
Y el loro empezaba a decir a toda velocidad:
—¡Doblones! ¡Doblones! ¡Doblones! —y seguía sin parar hasta que
parecía enronquecer y John le echaba por encima de la jaula un paño bajo el
que enmudecía.
—Ahí donde lo ves, Hawkins —me decía—, este pájaro tiene lo menos
doscientos años… y hay quien dice que algunos viven eternamente. Este ha
visto ya pasar más condenaciones que el mismísimo Satanás. Ha navegado con
England, con el gran capitán England, el pirata. Ha estado en Madagascar y en
Malabar, en Suriman, en Providence, en Portobello. En Portobello, cuando el
rescate de los famosos galeones de la Plata. Allí aprendió a gritar
«¡Doblones!», y no es para menos: ¡más de trescientos cincuenta mil que
sacaron a flote, eh, Hawkins! Estuvo cuando el abordaje al Virrey de las
Indias, a la altura de Goa; allí estuvo, y lo miras y parece inocente como un
niño. Pero tú no has olvidado el olor de la pólvora, ¿verdad, Capitán?
—¡Todos a sus puestos! —chillaba el loro.
—¡Ah, qué alhaja! —decía el cocinero, y le ofrecía entonces unos terrones
de azúcar que llevaba en el bolsillo; y el loro se agarraba con su pico a los
barrotes de la jaula y empezaba a lanzar maldiciones sin tino.
—Ya ves —añadía John— cómo no se puede tocar la brea sin mancharse.
Este pobrecito pájaro mío, tan viejo como inocente, y blasfemando como el
peor desalmado, aunque sin malicia, tenlo por seguro, porque igual es capaz
de soltarlas delante de un capellán —y John se llevaba la mano al sombrero
con el solemne ademán que le era usual, y que me hacía ver en él al mejor de
los hombres.
Entretanto las relaciones entre el squire y el capitán Smollett continuaban
siendo tirantes. El squire no trataba de disimular su desprecio por el capitán, y
éste, por su parte, tan sólo se le dirigía para responder a alguna cuestión y, aún
así, con secas, firmes y escasas palabras. En algún momento reconoció haberse
equivocado con respecto a la tripulación, y que ciertos marineros eran tan
diligentes como él deseaba y hasta que en su conjunto todos se portaban
bastante aceptablemente. En cuanto a la goleta, le había cobrado un verdadero
afecto: «Se ciñe mejor de lo que uno podría esperar hasta de su propia esposa
—solía repetir—, pero sigo pensando que esta travesía no termina de gustarme
y que aún no estamos de regreso».
El squire, cuando oía estas palabras, acostumbraba a volver ostentosamente
la espalda y recorrer la cubierta a grandes zancadas, mientras murmuraba entre
dientes:
—Una estupidez más y estallaré.
Sufrimos algunos temporales que no hicieron sino poner a prueba lo
marinera que era la Hispaniola. Y todos cuantos navegábamos en ella
estábamos contentos, lo que tampoco es tan difícil de entender, porque no creo
que nunca hubiera dotación tan correspondida desde que Noé cruzó los mares.
Por el más nimio pretexto se le regalaba una ronda de grog, y con motivo de
cualquier celebración, lo que era constante, porque el squire encontraba
continuamente razones en el cumpleaños de éste o aquél, siempre había una
barrica de manzanas destapada en mitad del combés para que cualquiera que
quisiese las tomara.
—Nunca he visto que este comportamiento lleve a ningún buen puerto —
decía el capitán al doctor Livesey—. Así se echa a perder a la tripulación. Ya
lo veréis.
Y fue precisamente del barril de manzanas de donde vino nuestra
salvación, pues a no ser por él no hubiéramos tenido aviso alguno del peligro
en que nos encontrábamos y todos hubiéramos perecido a manos de la
traición.
Así fue como sucedió.
Navegábamos ya con los vientos alisios, que nos conducían hacia la isla —
como el lector conoce, he prometido no dar ningún dato sobre su posición—, y
nuestro rumbo hacía inminente su aparición, que noche y día aguardaban los
vigías. Según nuestros cálculos aquella noche, o lo más tardar, antes del
mediodía siguiente, debíamos divisarla. Llevábamos rumbo S.S.O., con una
brisa firme de costado y la mar estaba en calma, hundiendo majestuosa su
bauprés en las olas y levantando un abanico de espuma.
El viento tensaba las velas. Y todos a bordo gozábamos el mejor humor al
ver ya tan cerca el final del primer capítulo de nuestra aventura.
Y fue entonces, a poco de atardecer. La tripulación descansaba; yo me
dirigía hacia mi litera, cuando de pronto sentí ganas de comerme una manzana.
Subí a cubierta. El vigía estaba en su guardia, en proa, aguardando la aparición
de la isla en el horizonte. El timonel miraba la arboladura y silbaba por lo bajo
una canción; sólo se escuchaba el sonido de ese silbido y el chapoteo del agua
cortada por la proa y que barría el casco de la goleta.
Tuve que meterme en el barril para poder coger una manzana, ya que sólo
quedaban unas pocas en el fondo. Me senté en aquella oscuridad para
comérmela, y, por el rumor de las olas o el balanceo del barco, el hecho es que
me adormecí. Entonces noté que alguien, y debió ser alguno de los marineros
más corpulentos, se sentó apoyando su espalda en el barril, lo que dio a éste un
violento empujón. Me despejé de golpe y ya iba a saltar fuera de la barrica,
cuando un hombre, cuya voz me era conocida, empezó a hablar. Era Silver, y
no bien escuché una docena de sus palabras, cuando ya ni por todo el oro del
mundo hubiera dejado de permanecer escondido, pues no sé qué fue más
fuerte en mí si la curiosidad o el temor: aquellas pocas palabras me habían
hecho comprender que las vidas de todos los hombres honrados que iban a
bordo dependían únicamente de mí.
