-
XXI. Al ataque
Tan pronto como Silver desapareció, bajo la mirada inescrutable delcapitán, regresó éste al fortín; allí se encontró con que ni uno de nosotroshabía permanecido en su puesto, a excepción de Gray. Fue la primera vez quelo vi encolerizado.—¡Vayan a sus puestos! —nos gritó.Cuando nos retirábamos, cabizbajos, escuchamos cómo le decía a Gray:—Voy a citarlo en…
-
XXII. Así empezó mi aventura en la mar
PARTE QUINTA: MI AVENTURA EN LA MAR Los amotinados ya no volvieron a atacar; ni siquiera dispararon un solotiro desde el bosque. Habían recibido «suficiente ración para aquel día», comodijo el capitán, y pudimos dedicarnos sin otros temores a reparar el fortín,atender a los heridos y preparar una buena comida. El squire y yo nosocupamos…
-
XXIII. A la deriva
El coraclo —y bien lo comprobé antes de acabar mis andanzas— era unbote muy seguro (si conseguía uno caber en él), y también muy marinero, peroal mismo tiempo se trataba del artefacto más indócil para su manejo. Noconseguía fijar el rumbo, se desequilibraba, viraba por completo ante cualquierola, y lo más apropiado quizá sea decir…
-
XXIV. La travesía en el coraclo
Ya era pleno día cuando desperté y me encontré a la deriva en el extremosuroeste de la Isla del Tesoro. El sol estaba alto, aunque aún se ocultaba tras lamasa del Catalejo, que en aquella parte de la isla bajaba casi hasta el marcomo cortado a pico y dando lugar a un asombroso acantilado.El cabo…
-
XXV. Cómo arrié la bandera negra
Apenas había conseguido encaramarme sobre el bauprés, cuando elpetifoque dio una sacudida y se tensó con el viento, batiendo con un violentosonido. La goleta se estremeció hasta la quilla con aquel tremendo impulso,pero un instante después, aunque las otras velas aún recogían viento, dio otrasacudida, como un aletazo, y quedó de nuevo caído.Casi a punto…

