La grieta del suelo ha alcanzado la pared. Ya no es una hendidura sino una boca abierta que divide la habitación circular del faro en dos mitades desiguales, como si el edificio hubiera decidido imitar a los hombres que lo visitan y partirse por la mitad bajo el peso de demasiadas confesiones. El agua del mar ya no se filtra en las noches de marea alta: ahora vive ahí, en el centro de la grieta, un hilo de agua salada que brilla a la luz del faro como una vena de plata en la carne de un gigante moribundo. Don Desiderio ha dejado de poner sillas a un lado de la mesa. Ha colocado una silla a cada lado de la grieta, de modo que los dos invitados de esta noche estarán separados por la herida del suelo, mirándose a través de una cicatriz que es, al mismo tiempo, la cicatriz del faro y la cicatriz que los une.
Don Desiderio sabe que esta noche es distinta. Lo sabe porque ha tardado tres años en organizarla. Lo sabe porque ha tenido que escribir siete cartas a Bristol y cuatro a un puerto del Caribe que ya no aparece en los mapas para convencer a los dos hombres de que vuelvan al faro al mismo tiempo. Lo sabe porque esta noche no ha traído ron. Ha traído sidra de Somerset, la bebida que se servía en la posada del Almirante Benbow cuando Jim Hawkins era un niño y el mundo todavía no le había enseñado que las manzanas pueden saber a miedo.
Long John Silver llega primero, como siempre. Pero esta noche es un Silver distinto al de las entrevistas anteriores. La muleta de madera sigue ahí, pero su cuerpo se ha encogido, como si los años le hubieran ido quitando capas de hombre hasta dejar solo el armazón, el esqueleto de un pirata que ya no tiene la energía para sostener la máscara de la amabilidad calculadora. Su barba es completamente blanca. Sus manos tiemblan cuando abre la puerta. Pero los ojos siguen siendo los mismos: dos pozos de inteligencia antigua, dos espejos que reflejan todo lo que miran y no devuelven nada de sí mismos.
Se sienta en la silla del lado izquierdo de la grieta. Mira el agua salada que corre por la hendidura. Mira la silla vacía del otro lado. Y por primera vez en todas sus visitas al faro, Long John Silver tiene miedo. No miedo de la muerte —a la muerte la conoce demasiado bien para temerla—, sino miedo de lo que va a entrar por esa puerta. Miedo de un par de ojos oscuros que no ha visto en más de treinta años. Miedo de un muchacho que ya no es muchacho pero que en su memoria sigue teniendo trece años y un delantal de posada y una manzana a medio comer en la mano.
Jim Hawkins llega diez minutos después.
Sube la escalera con los mismos pasos ligeros de la última vez, pero cuando abre la puerta y ve a Silver, se detiene en seco. El rostro se le queda en blanco, como una página que alguien ha borrado con una goma de borrar. La mano que empujaba la puerta se congela en el aire. La respiración se le detiene en la garganta. Y durante un instante que dura una eternidad, los dos hombres se miran a través de la habitación circular del faro —el pirata viejo y cojo en su silla, el comerciante de té en el umbral— y el tiempo se pliega sobre sí mismo como un mapa que alguien dobla por la línea de la equis roja, y de pronto ya no están en un faro a punto del colapso, sino en la cubierta del Hispaniola, en la playa de la Isla del Tesoro, en la bodega oscura donde un barril de manzanas separaba la inocencia de la traición.
DON DESIDERIO: (su voz es un susurro; sabe que cualquier sonido fuerte podría romper el cristal de este momento como un cañonazo rompe el casco de un barco) Jim. Pasa. Siéntate. Él ya sabe que vienes. Tú ya sabes que él está aquí. No hay sorpresas esta noche. Solo hay una cuenta pendiente que lleva mucho tiempo esperando en esta habitación.
JIM: (no se mueve; sus ojos están clavados en Silver como los ojos de un ciervo que ha encontrado al lobo que lo persiguió cuando era cachorro y que ahora es viejo y flaco y ya no puede correr pero sigue teniendo los mismos dientes) No me dijiste que él estaría aquí.
DON DESIDERIO: Te dije que habría un invitado. No te dije el nombre.
JIM: (la voz le tiembla con una furia que es mitad miedo y mitad algo más antiguo que el miedo) Eso es una trampa, Don Desiderio. Una trampa de las que a él le gustan. (Mira a Silver.) ¿Fue idea suya?
SILVER: (no sonríe; por primera vez en todas sus visitas al faro, Silver no sonríe; su rostro es el de un hombre que ha ensayado este momento mil veces en su cabeza y que ahora descubre que ningún ensayo lo preparó para la realidad de tener a Jim Hawkins a tres metros de distancia) No, muchacho. (La palabra “muchacho” le sale sin querer, como un reflejo, como una costumbre que el tiempo no ha logrado borrar; y en cuanto la pronuncia, ambos hombres la oyen y ambos se estremecen, porque la palabra “muchacho” es la palabra que Silver usaba en el barco y en la isla y que Jim oye en sus sueños cada noche desde hace tres décadas.) Fue idea del periodista. Yo solo acepté venir porque… (Se detiene. Mira sus manos temblorosas. Mira la muleta apoyada contra la mesa. Mira a Jim con una intensidad que ya no tiene nada de calculadora y todo de desesperada.) Porque ya me queda poco tiempo, Jim. Y hay cosas que un hombre no puede llevarse a la tumba sin haberlas dicho, aunque decirlas le cueste más que la pierna que ya le costó el mar.
JIM: (camina lentamente hacia la silla del lado derecho de la grieta; cada paso es una negociación entre el deseo de huir y el deseo de quedarse; se sienta en el borde de la silla, tenso, como un animal que sabe que la trampa está ahí pero que no puede resistirse al cebo) ¿Cuánto tiempo?
SILVER: (se encoge de hombros con una indiferencia que ya no es fingida sino real, la indiferencia de un hombre que ha hecho las cuentas y sabe que el saldo es negativo) Los médicos de Bristol dicen que un año. Los médicos del Caribe, que eran más honestos porque estaban más borrachos, dijeron que seis meses. Yo digo que cuando el cuerpo decida, el cuerpo decidirá, y que los médicos son tan inútiles como los mapas de Flint: mucho dibujo y poca verdad. (Pausa. Mira a Jim de arriba abajo, con una atención que es casi táctil, como si quisiera tocarlo con los ojos para asegurarse de que es real y no otro de los sueños que lo visitan en las noches de fiebre.) Estás viejo, muchacho.
JIM: (una risa breve, amarga, involuntaria) Tengo cuarenta y siete años, Silver.
SILVER: Exacto. Viejo. (La sonrisa aparece por fin, pero es una sonrisa distinta a todas las que Don Desiderio le ha visto: es una sonrisa triste, quebrada, la sonrisa de un hombre que mira un espejo y descubre que el reflejo tiene más arrugas de las que recordaba.) Yo a tu edad ya había matado a más hombres de los que tú has importado cajas de té. Y sin embargo, mírate. Tienes canas. Tienes ojeras. Tienes las manos de un hombre que aprieta la pluma como si la pluma fuera un cuchillo y el papel fuera la garganta de alguien. La vida te ha pasado por encima, Jim. Igual que a mí. Igual que a todos los que sobrevivimos a la isla. La isla no nos mató, pero nos envejeció. Nos envejeció treinta años en tres semanas.
JIM: (la voz se le endurece) No me llame muchacho.
SILVER: (asiente; el asentimiento es lento, doloroso, como el de un hombre que acepta una amputación) Tienes razón. Ya no eres un muchacho. Eres un hombre con canas y con un negocio de importación y con una esposa que probablemente te quiere más de lo que tú te quieres a ti mismo, que es la clase de esposa que uno no merece pero que Dios le manda de todos modos porque Dios tiene un sentido del humor que yo nunca he logrado descifrar. (Pausa.) Pero para mí siempre serás el muchacho del barril de manzanas, Jim. Y no puedo cambiar eso aunque quiera, y no quiero aunque pueda.
DON DESIDERIO: (interviene con suavidad, consciente de que está manejando dinamita emocional y de que una palabra equivocada podría hacer que Jim se levante y se vaya o que Silver se cierre en su armadura de cinismo y no vuelva a abrirla) Señores. Antes de que la noche se convierta en un campo de batalla, permítanme una observación. Los dos han venido a este faro por separado en los últimos años. Los dos me han dicho cosas que no le han dicho a nadie más en el mundo. Y los dos, en sus respectivas entrevistas, han llegado a la misma conclusión por caminos distintos: que la supervivencia es una forma de mutilación tan profunda como la pierna que les falta a los otros hombres que han pasado por esta mesa. Silver, usted dijo que el hueco no se llena, que se habita. Jim, usted dijo que la culpa es el verdadero tesoro de la isla. (Se inclina sobre la mesa; la luz del faro le ilumina el rostro desde arriba, dándole el aspecto de un juez o de un sacerdote.) La pregunta que quiero hacerles a los dos juntos, la pregunta que solo puede responderse cuando los dos están en la misma habitación, es esta: ¿son ustedes el mismo hombre?
(El silencio que sigue es el silencio más denso que ha habido en este faro desde la noche en que Ahab clavó su pata de marfil en el suelo. La grieta del suelo parece ensancharse imperceptiblemente, como si la pregunta de Don Desiderio hubiera ejercido una presión física sobre las paredes del edificio. El agua salada corre por la hendidura con un murmullo que suena como una conversación entre dos fantasmas.)
SILVER: (habla primero; su voz es más suave de lo que Don Desiderio le ha oído nunca, la voz de un hombre que ha dejado la espada en casa y ha venido al faro solo con las manos por fin limpias) Sí. (Una palabra. Rotunda. Sin matices.) Somos el mismo hombre, Jim. Tú eres lo que yo habría sido si hubiera tenido la suerte de nacer en una posada en lugar de en un barco. Y yo soy lo que tú serías si la vida te hubiera dado treinta años más de tormentas y treinta años menos de té de Ceilán. Los dos sobrevivimos. Los dos calculamos. Los dos aprendimos a sonreír cuando teníamos ganas de gritar y a callar cuando teníamos ganas de confesar. La única diferencia es que yo empecé a calcular antes y tú empezaste a calcular después, pero el cálculo es el mismo, much… (Se corrige.) Jim. El cálculo es el mismo.
JIM: (niega con la cabeza; la negativa es vehemente, casi violenta, como si la idea de ser igual a Silver fuera una blasfemia contra la memoria del niño que fue) No. No somos lo mismo. Usted mató a Tom delante de mí. (La voz se le quiebra en el nombre de Tom, como siempre, como si la sílaba fuera un cristal que se rompe en la boca cada vez que la pronuncia.) Usted lo partió con su muleta porque Tom se negó a unirse al motín. Y yo estaba ahí, a tres metros, y vi cómo la sangre le salía por los ojos y por la boca y por los oídos, y usted se limpió la muleta en la arena como quien se limpia las manos después de comer y me miró y me dijo que así era el mundo. (Se inclina sobre la mesa; sus ojos arden con una furia que ha tardado más de treinta años en destilar y que ahora sale de golpe, como el ron que sale de una botella cuando se rompe el cuello.) Yo no he matado a nadie, Silver. Yo no he hundido el cráneo de ningún hombre honrado en la arena de ninguna isla. Yo importo té. Yo crío hijos. Yo pago impuestos. Y usted quiere decirme que somos lo mismo porque los dos “calculamos”. Pero su cálculo huele a sangre y el mío huele a tinta, y hay una diferencia, Silver, hay una diferencia que usted no puede borrar con sus metáforas de viejo pirata filosófico.
SILVER: (no retrocede; no levanta la voz; su calma es más perturbadora que cualquier grito, la calma de un hombre que ha recibido peores acusaciones de jueces más severos y que ha aprendido que la verdad no necesita volumen) Tienes razón en una cosa, Jim. Yo maté a Tom. Y a Alan. Y a otros cuyos nombres ya no recuerdo porque la memoria es un lujo que los asesinos no pueden permitirse. (Pausa. Mira la grieta del suelo. Mira el agua salada. Mira sus propias manos temblorosas como si las viera por primera vez.) Pero tú no mataste a Tom porque yo te lo impedí.
JIM: (parpadea; la frase lo ha golpeado como una bofetada) ¿Qué?
SILVER: (se inclina hacia adelante; la muleta cae al suelo con un sonido seco, pero él no la recoge; sus manos están sobre la mesa, abiertas, desnudas, las manos de un hombre que ha decidido dejar de esconder las cartas) Tú estabas a tres metros de Tom cuando yo lo maté, sí. Pero no estabas a tres metros por casualidad. Yo te puse ahí. Yo te mantuve cerca de mí durante todo el motín, en la playa, en la empalizada, en la casa de la estacada. ¿Por qué crees que lo hice, Jim? ¿Por cálculo? ¿Porque eras un rehén útil? (Niega con la cabeza lentamente.) Podría haberte matado el primer día. Podría haberte dejado en manos de mis hombres, que te habrían destripado como a un pescado antes del desayuno. Pero no lo hice. Te mantuve a mi lado. Te protegí. Y no fue cálculo, Jim. Te lo juro por la pierna que me falta y por el mar que me la quitó, que no fue cálculo. Fue algo que no supe nombrar entonces y que todavía no sé nombrar ahora, algo que me agarró por las tripas cuando te vi por primera vez en la posada de tu madre, un niño flaco con un delantal demasiado grande y unos ojos que miraban el mundo como si el mundo fuera un milagro que todavía no le habían explicado, y supe que si yo dejaba que mis hombres te mataran, algo dentro de mí moriría también. Algo que yo creía que ya estaba muerto pero que resultó que estaba vivo, escondido debajo de cuarenta años de piratería y de mentiras y de sangre, como una semilla debajo de la nieve que no sabe que todavía puede germinar.
JIM: (la furia se le congela en el rostro; la boca se le abre ligeramente, como la de un hombre que ha recibido un golpe en el estómago y no puede respirar; sus ojos se llenan de una humedad que no es llanto sino algo más profundo que el llanto, algo que viene del lugar donde los recuerdos se almacenan cuando la mente ya no puede procesarlos) Usted… (La voz le sale como un hilo de agua, como el hilo de agua salada que corre por la grieta del suelo.) Usted mató a Tom.
SILVER: Maté a Tom.
JIM: Y luego me protegió a mí.
SILVER: Te protegí a ti.
JIM: ¿Cómo puede ser lo mismo? ¿Cómo puede un hombre matar a un inocente y proteger a un niño en el mismo día, en la misma playa, con la misma muleta todavía manchada de sangre?
SILVER: (la voz se le quiebra; por primera vez en todas sus entrevistas en este faro, la voz de Long John Silver se quiebra como la madera de un mástil en una tormenta) Porque eso es lo que somos, Jim. Eso es lo que el mar nos hizo. No ángeles ni demonios. Las dos cosas. Al mismo tiempo. En el mismo cuerpo. Con la misma mano que mata y que protege y que acaricia y que apuñala. Tú quieres que yo sea solo el monstruo que mató a Tom porque si yo soy solo el monstruo, entonces tú puedes odiarme y el odio es más fácil que lo que sientes ahora. (Se inclina sobre la grieta; su rostro está a centímetros del agua salada que corre por la hendidura; sus ojos reflejan la luz del faro como dos monedas de oro en el fondo de un pozo.) Pero tú no me odias, Jim. Nunca me has odiado. Y eso es lo que no puedes perdonarte. No puedes perdonarte que el hombre que mató a Tom sea el mismo hombre que te salvó la vida en la empalizada cuando Israel Hands y los otros querían cortarte el cuello. No puedes perdonarte que cuando me dejaste escapar en Bristol, cuando podías haberme entregado a la horca y habrías sido un héroe de la justicia, tú miraste mis ojos y viste los ojos del hombre que te había protegido y decidiste que la justicia podía esperar y que la gratitud no. Y esa decisión, Jim, esa decisión te ha comido vivo durante treinta y cuatro años porque no encaja en ninguna categoría moral. No es buena ni mala. Es humana. Y lo humano, muchacho, es lo más difícil de perdonar porque no tiene la claridad del heroísmo ni la simplicidad de la villanía. Lo humano es un desastre. Un hermoso, terrible, imperdonable desastre.
JIM: (las lágrimas le caen por las mejillas sin que haga ningún gesto por secarlas; caen sobre la mesa de caoba y se mezclan con el agua salada de la grieta y con la sidra de Somerset que Don Desiderio ha servido en dos vasos que nadie ha tocado todavía) Yo soñaba con usted. (La confesión le sale sin poder contenerla, como algo que lleva treinta años atragantado y que por fin sale de golpe, violento, incontrolable.) Todas las noches. Durante treinta años. Usted venía a mi habitación y se sentaba en la silla junto a la ventana y me miraba. No decía nada. Solo me miraba. Y yo sabía lo que estaba pensando. Estaba pensando que éramos lo mismo. Y yo quería gritarle que no, que yo no era como usted, que yo no había matado a nadie, que yo era un niño, que yo era inocente. Pero la voz no me salía. Y usted seguía mirándome. Y en el fondo del sueño yo sabía que tenía razón. Que éramos lo mismo. No porque yo hubiera matado a nadie, sino porque los dos habíamos sobrevivido a costa de otros. Usted sobrevivió matando. Yo sobreviví dejando que usted matara. Y la diferencia, Silver, la diferencia que usted intenta borrar con sus discursos sobre la condición humana, es que su culpa está en sus manos y la mía está en mi silencio. Y no sé cuál de las dos es más pesada.
SILVER: (extiende la mano por encima de la grieta; la mano tiembla; los dedos son largos, huesudos, manchados de hígado por la edad y por el sol del Caribe; la mano se queda suspendida en el aire, a medio camino entre su silla y la silla de Jim, como un puente que no sabe si el otro lado lo aceptará) La tuya es más pesada, Jim. (La voz es un susurro.) Y te lo digo yo, que he matado a más hombres de los que puedo contar. Porque la culpa del que mata se endurece con el tiempo, como la madera de una muleta que se petrifica, y llega un momento en que ya no pesa porque se ha convertido en parte de tu esqueleto. Pero la culpa del que calla… la culpa del que calla no se endurece. Se pudre. Se pudre dentro del pecho como una fruta que nadie recogió del árbol y que ahora es una masa negra y dulce y repugnante que te envenena la sangre cada vez que respiras. Tú llevas treinta años pudriéndote por dentro, Jim. Y yo llevo treinta años petrificándome por fuera. Y los dos estamos igual de muertos, solo que tú lo sientes más porque todavía tienes la piel blanda de un hombre que no ha aprendido a convertirse en piedra.
JIM: (mira la mano de Silver suspendida sobre la grieta; la mira durante un tiempo que parece una estación entera; luego, lentamente, con la cautela de un niño que extiende la mano hacia un animal que sabe que puede morder pero que también sabe que no lo hará, extiende su propia mano por encima de la grieta; sus dedos tocan los dedos de Silver; el contacto es breve, eléctrico, devastador, como el contacto de dos cables que llevan treinta años cargados de la misma corriente y que por fin se cruzan) Yo no sabía que usted me había puesto a propósito cerca de Tom.
SILVER: No lo sabías.
JIM: Creía que era casualidad. Que yo estaba ahí porque era un niño curioso que se metía donde no le llamaban.
SILVER: Eras un niño curioso que se metía donde no le llamaban, sí. Pero yo me aseguré de que estuvieras cerca. De que vieras lo que yo hacía. De que entendieras el mundo en el que habías entrado. Fue cruel. Fue la cosa más cruel que he hecho en mi vida, y he hecho muchas, Jim, muchas que no salen en el libro del señor Stevenson porque el señor Stevenson era un hombre delicado que no podía escribir sobre la verdadera crueldad sin que se le cayera la pluma de la mano. (Pausa. Sus dedos siguen tocando los dedos de Jim sobre la grieta.) Yo te mostré la muerte de Tom para que supieras que yo era capaz de todo. Para que me tuvieras miedo. Porque si me tenías miedo, no intentarías huir. Y si no intentabas huir, mis hombres no te matarían. Y si mis hombres no te mataban, yo podía seguir… (Se detiene. La voz se le atasca en la garganta como un ancla que se engancha en el fondo del mar.) …seguir teniéndote cerca.
JIM: (la voz le sale como un susurro roto) ¿Por qué?
SILVER: (retira la mano lentamente; la deja caer sobre la mesa con un golpe suave; cuando habla, su voz es la de un hombre que ha abierto una puerta que llevaba tres décadas años cerrada con siete cerrojos y que ahora descubre que detrás de la puerta no hay un tesoro sino un espejo) Porque tú eras lo mejor que me había pasado en cuarenta años de vida miserable, Jim. (Las palabras caen en la habitación como piedras en un pozo sin fondo.) Yo no tuve hijos. Mi mujer de Bristol no podía tenerlos, o no quería tenerlos de un cojo que olía a ron y a pólvora, nunca se lo pregunté porque la respuesta me habría dolido más que la pierna que me falta. Y de pronto apareciste tú. Un niño huérfano, como yo fui huérfano. Un niño al que la vida le había quitado al padre, como la vida me quitó a mí la pierna. Un niño que me miraba con esos ojos grandes y oscuros y que no veía al pirata ni al cojo ni al asesino sino al hombre. Al hombre que yo habría podido ser si el mar no me hubiera arrancado la carne y la Marina no me hubiera arrancado la dignidad y la vida no me hubiera arrancado todo lo demás. (Se pasa la mano por los ojos; cuando la retira, sus dedos están húmedos, y Long John Silver no es un hombre que llore, pero esta noche las reglas del faro se han suspendido y los piratas también tienen derecho a que se les rompa la armadura.) Yo te quise, Jim. A mi manera monstruosa, imperdonable, yo te quise. Y cuando te dejé ir en Bristol, cuando vi que tú decidías no entregarme a la horca, supe que tú también me querías a tu manera infantil, pero también culpable y silenciosa, y que ese amor era la cosa más hermosa y más maldita que nos había pasado a los dos, porque nos unía y nos condenaba al mismo tiempo. Nos unía porque éramos los únicos dos hombres en el mundo que sabíamos lo que había pasado en la isla de verdad, no la versión del señor Stevenson sino la versión de la sangre y del miedo y de las manzanas podridas. Y nos condenaba porque un amor fraterno que nace de la violencia no puede ser un amor limpio, Jim. Es un amor manchado. Un amor que huele a pólvora y a ron y a la sangre de Tom en la arena. Y tú has pasado treinta años intentando lavar esa mancha y yo he pasado treinta años fingiendo que la mancha no existe, y los dos hemos fracasado porque la mancha es lo único real que nos queda.
JIM: (llora; ya no intenta contenerlo; las lágrimas le caen por la cara como la lluvia que empieza a golpear los cristales del faro, una lluvia que no estaba prevista pero que llega con la puntualidad de las cosas que el universo decide que ya no pueden esperar más) Yo lo dejé escapar porque era mi padre. (Las palabras le salen de golpe, sin filtro, sin cálculo, con la violencia de una verdad que ha estado encerrada durante treinta años en una habitación oscura y que ahora sale a la luz y descubre que la luz duele más que la oscuridad.) No mi padre de sangre. Mi padre de sangre murió tosiendo en la posada del Almirante Benbow y me dejó deudas y un nombre que no le importaba a nadie. Usted fue mi padre del mar. El padre que me enseñó a navegar y a mentir y a sobrevivir. El padre que me protegió de los hombres que querían matarme. El padre que me mostró la muerte de Tom para que yo supiera que el mundo era un lugar peligroso y que yo tenía que ser más peligroso que el mundo si quería seguir vivo. Y cuando pude haberlo entregado a la horca, no pude hacerlo porque uno no entrega a su padre a la horca, Silver. Aunque su padre sea un pirata. Aunque su padre sea un asesino. Aunque su padre tenga las manos manchadas de la sangre de hombres que no le habían hecho nada. Uno no lo hace. Y yo no lo hice. Y me he pasado treinta años castigándome por no haberlo hecho, como si la lealtad fuera un crimen y la traición fuera una virtud, cuando en realidad la lealtad es lo único que me queda de aquella isla maldita, lo único que no puedo gastar ni invertir ni lavar, lo único que es mío de verdad, más mío que el oro de Flint, más mío que el negocio de té, más mío que la casa de Bristol y la esposa y los hijos y toda la vida razonable que he construido encima del cadáver del niño que fui.
DON DESIDERIO: (ha dejado de escribir; el cuaderno está abierto sobre la mesa, la pluma abandonada, la tinta secándose en una página que ya no necesita más palabras porque las palabras que están sonando en esta habitación son más verdaderas que cualquier cosa que él pueda escribir; su rostro está descompuesto por una emoción que ya no puede ni quiere controlar; sus ojos están húmedos y su boca tiembla y sus manos están apretadas sobre la mesa como las manos de un hombre que se agarra a un tablón en medio de un naufragio) Señores. (Su voz es un hilo de voz, casi inaudible por encima de la lluvia y del viento y del rugido del mar que golpea la base del faro como un puño gigante.) Lo que acaba de pasar en esta habitación es lo que yo llevo años buscando en todas mis entrevistas. No la verdad sobre el tesoro ni la verdad sobre la ballena ni la verdad sobre la venganza. La verdad sobre el vínculo. Sobre ese hilo invisible que une a dos hombres que no deberían quererse pero que se quieren de todos modos, con un amor que es al mismo tiempo una salvación y una condena, un tesoro y una maldición, un faro y una tormenta. (Se levanta. Camina hasta la ventana. La lluvia golpea el cristal con una furia que parece personal, como si el cielo estuviera furioso con los hombres que se atreven a confesar lo que llevan dentro.) Ustedes dos son la prueba de que la aventura no termina cuando se acaba el libro. La aventura continúa en las noches de insomnio, en los sueños con muletas y barriles de manzanas, en la culpa que no se puede lavar y en el amor que no se puede nombrar. Y la pregunta que yo les hago ahora, la pregunta final, la pregunta que cierra el círculo que empezó en la posada del Almirante Benbow hace más de treinta años, es esta: ¿se perdonan?
(La lluvia arrecia. El faro parpadea. La grieta del suelo parece respirar, ensanchándose y estrechándose al ritmo de las olas que golpean la base del edificio. Silver y Jim se miran a través de la grieta, separados por el agua salada que corre entre ellos como un río que es al mismo tiempo una frontera y un puente, una herida y una sutura, un adiós y un reencuentro.)
SILVER: (habla primero; su voz es la de un hombre que ha llegado al final de un viaje muy largo y que descubre que el destino no es una isla sino una pregunta) Yo te pido perdón, Jim. (Las palabras le cuestan más que la pierna, más que el tesoro, más que los treinta años de soledad en tabernas de puerto hablando con un loro disecado.) Te pido perdón por haberte metido en un barril de manzanas y haber dejado que oyeras lo que no debías oír. Te pido perdón por haberte mostrado la muerte de Tom como quien le muestra a un niño una lección de anatomía. Te pido perdón por haberte usado como escudo y como rehén y como excusa para no matar a todos los hombres de la isla, porque si tú no hubieras estado ahí, Jim, si tú no hubieras estado ahí con tus ojos grandes y tu delantal de posada y tu manzana a medio comer, yo habría dejado que mis hombres mataran a todos los caballeros y habría vuelto a Bristol con el oro y sin remordimientos y habría vivido el resto de mi vida como un pirata rico y tranquilo y completamente vacío. Pero tú estabas ahí. Y tu presencia me obligó a ser algo más que un pirata. Me obligó a ser un hombre. Y ser un hombre, Jim, duele más que ser un pirata. Duele más que la pierna. Duele más que la horca que me esperaba en Bristol. Duele como esta noche, como este faro, como esta grieta en el suelo por la que corre el mismo mar que nos quitó la inocencia a los dos. Y por ese dolor, Jim, por haberme hecho sentir dolor después de cuarenta años de no sentir nada, te pido perdón y te doy las gracias al mismo tiempo, porque las dos cosas son la misma cosa cuando se trata de ti.
JIM: (se levanta; rodea la mesa; cruza la grieta del suelo con un paso que es más firme de lo que ha tenido en toda la noche, como si la grieta ya no fuera un abismo sino un umbral; se detiene junto a la silla de Silver; lo mira desde arriba, y en ese momento, por primera vez, Jim no es el niño ni el comerciante de té ni el superviviente culpable sino simplemente un hombre que ha decidido dejar de huir de la verdad más difícil de su vida) Yo le perdono, Silver. (La voz le tiembla, pero las palabras son claras, nítidas, definitivas, como las letras de un mapa que alguien ha trazado con pulso firme después de años de temblor.) Le perdono por Tom. Le perdono por el barril. Le perdono por haberme metido en un barco lleno de asesinos cuando yo era un niño que no sabía distinguir una driza de una jarcia. Le perdono por haberme hecho cómplice de su supervivencia y por haberme dejado una culpa que me ha comido vivo durante treinta años. (Pausa. Se arrodilla junto a la silla de Silver; el gesto es instintivo, no calculado, el gesto de un hijo que se arrodilla junto a la cama de un padre moribundo.) Pero también le pido perdón yo a usted. Le pido perdón por haberlo dejado escapar en Bristol y haberme pasado treinta años castigándome por ello como si la lealtad fuera un pecado. Le pido perdón por haberlo convertido en un monstruo en mis sueños cuando en realidad usted fue el único adulto que me vio de verdad, no como un niño ni como un héroe ni como una mascota sino como un igual, como un superviviente, como un hombre que tenía derecho a tener miedo y a tener hambre y a querer vivir aunque vivir significara hacer cosas que la moral no permite. Y le pido perdón por no haber vuelto a buscarlo. Por no haber ido a Bristol ni al Caribe ni a ningún puerto del mundo a preguntarle si estaba vivo, si estaba bien, si todavía tenía al loro, si todavía bebía ron barato y mentía con la misma elegancia con la que mentía en el Hispaniola. No volví porque tenía miedo. Miedo de descubrir que usted era simplemente un viejo cojo en una taberna y que la magia de la isla se había disuelto como la sal en el agua. Y miedo de descubrir que usted me seguía queriendo, porque si usted me seguía queriendo, entonces yo tendría que descubrir por segunda vez que había perdido a un padre.
SILVER: (pone su mano temblorosa sobre la cabeza de Jim; el gesto es torpe, inseguro, el gesto de un hombre que no ha tocado a otro ser humano con ternura en décadas y que ha olvidado cómo se hace pero cuyo cuerpo recuerda lo que su mente ha intentado borrar; sus dedos se enredan en el pelo gris de Jim como los dedos de un padre que acaricia al hijo que creía perdido) Muchacho. (La palabra sale de nuevo, pero esta vez Jim no la rechaza; esta vez la palabra “muchacho”).
DON DESIDERIO: (cuando habla, su voz es la de un hombre que ha presenciado un milagro y no sabe si reír o llorar o simplemente quedarse en silencio y dejar que el milagro haga su trabajo) Señores. Creo que la entrevista ha terminado.
SILVER: (sin retirar la mano de la cabeza de Jim; su voz es un murmullo que suena como el rumor del mar en una noche de calma, el mar que ya no ruge sino que susurra, el mar que ha dejado de ser enemigo y ha vuelto a ser simplemente agua) Don Desiderio. Una cosa más.
DON DESIDERIO: Dígame, capitán.
SILVER: La próxima vez que escriba sobre nosotros, no nos llame piratas. Ni héroes. Ni monstruos. Ni víctimas. Llámenos lo que somos. (Mira a Jim. Jim levanta la cabeza y lo mira. Sus ojos se encuentran por encima de la grieta, por encima del agua salada, por encima de los treinta años de silencio). Llámenos sobrevivientes. Dos sobrevivientes de una isla que ya no existe en ningún mapa pero que existe en cada célula de nuestros cuerpos, en cada noche de insomnio, en cada manzana que no podemos comer sin que nos sepa a miedo, en cada muleta que golpea la madera y en cada barril que nos recuerda que la inocencia se pierde en un instante y que la culpa se queda para siempre pero que el amor, el maldito amor que no debería existir entre un pirata y un huérfano, el amor también se queda. Y se queda más tiempo que la culpa. Y brilla más que el oro. Y pesa más que la pierna que me falta. Y es lo único que me voy a llevar a la tumba cuando el cuerpo decida que ya es hora, porque el oro lo gasté, la pierna la perdí, la isla se hundió, los hombres murieron, el loro se disecó, el ron se acabó, pero el muchacho sigue aquí. Con canas y con lágrimas y con la misma mirada que tenía cuando tenía trece años y el mundo todavía no le había explicado que las aventuras no son divertidas sino que son heridas que uno lleva toda la vida. (Pausa. Su voz se apaga como una vela que ha consumido toda su cera pero que sigue brillando un instante más, el instante justo antes de que la oscuridad sea total.) El muchacho sigue aquí. Y eso es suficiente. Eso es más que suficiente. Eso es el tesoro, Don Desiderio. El verdadero tesoro. No el de Flint. No el de la equis roja en el mapa. El tesoro es ver a los hombres perdonándose mutuamente por pecados que no cometieron y por vidas que no pidieron pero que vivieron de todos modos, con todas sus consecuencias, con toda su sangre, con toda su sal, con toda su maldita y hermosa humanidad.
JIM: Cuando se muera… y no será pronto, porque usted es el hombre más terco que he conocido y la muerte va a tener que pelear mucho para llevárselo, más de lo que peleó Moby Dick con Ahab y más de lo que peleó el Duque de Van Guld con el Corsario Negro… cuando se muera, yo iré a su funeral. Y llevaré manzanas. Manzanas rojas y dulces que no sepan a miedo sino a infancia. Y las pondré sobre su tumba, junto a la muleta y junto al loro disecado y junto a la botella de ron barato que usted siempre preferió al coñac. Y le diré al cura que no solo rece por su alma, que también necesita que alguien le diga que fue un buen padre. Un padre terrible, un padre pirata, un padre que mató a hombres honrados en la playa y que le mostró la muerte a un niño de trece años como quien le muestra una lección de vida. Pero un buen padre. El único que tuve después de que mi padre de sangre muriera tosiendo en la posada. Y eso, Silver, eso es lo que voy a decirle al cura. Y si el cura me mira escandalizado, le diré que no sabe nada de piratas ni de huérfanos ni de islas ni de tesoros ni de la clase de problemas en que se puede meter uno por andar buscando manzanas frescas. Que no sabe que los sueños son una forma de comunicación, sueños en los que un viejo cojo se sienta en una silla junto a la ventana y te mira sin decir nada porque las palabras ya no alcanzan para lo que siente.
SILVER: (sonríe; la sonrisa es la más honesta que Don Desiderio le ha visto en todas sus visitas al faro, una sonrisa despojada de toda máscara, de todo cálculo, de toda ironía). Me gustan las manzanas rojas. Siempre me gustaron. Por eso las tenía en el barril. Por eso te di una aquella noche en la bodega, cuando tú creías que yo no sabías que estabas ahí y yo sabía que estabas ahí y los dos sabíamos que el otro sabía pero fingíamos que no porque la ficción es más cómoda que la verdad y porque en aquel momento, en la oscuridad de la bodega, con el olor de las manzanas y el crujido del barco y el sonido del mar contra el casco, los dos éramos felices, Jim. Los dos éramos felices de una manera que ninguno de los dos ha vuelto a ser feliz en treinta años. Porque en aquel momento yo no era todavía el monstruo que iba a matar a Tom y tú no eras todavía el superviviente que iba a cargar con la culpa de no haber hecho nada.
(Silver baja la escalera. La muleta golpea cada peldaño con un sonido que ya no es fúnebre sino casi musical, el sonido de un hombre que ha dejado de cojear hacia la muerte y ha empezado a cojear hacia algo que se parece sospechosamente a la vida. Don Desiderio y Jim se asoman para despedirlo una vez más, pero ya no logran ver nada, unicamente escuchan como Silver vuelve a reír)
FIN.
