No perdí ya entonces más tiempo en decirle a mi madre todo lo que sabía y
que sin duda hubiera debido poner mucho antes en su conocimiento.
Inmediatamente nos dimos cuenta de lo difícil y peligroso de nuestra
situación. Parte del dinero que aquel hombre pudiera esconder —si es que algo
guardaba— nos pertenecía con toda justicia, pero no era probable que los
compañeros de nuestro capitán, sobre todo los dos ejemplares que yo había
visto, «Perronegro» y el mendigo ciego, estuvieran dispuestos a perder una
parte del botín, y para saldar las cuentas del difunto. Tampoco podía yo
cumplir el encargo del capitán de cabalgar en busca del doctor Livesey,
dejando a mi madre sola y sin protección. Ni siquiera nos parecía posible a
ninguno de los dos seguir por más tiempo en la hostería. El chisporroteo de los
leños en el fogón, el tic-tac del reloj, todo nos llenaba de espanto. Por todas
partes nos parecía oír pasos sigilosos que se acercaban. El cuerpo muerto del
capitán seguía tendido en el suelo de la habitación. Yo no paraba de pensar en
el siniestro ciego, al que suponía rondando la casa y pronto a aparecer. El
miedo me ponía la carne de gallina. Había que tomar una decisión
inmediatamente; y se me ocurrió como única salida que nos marchásemos de
la hostería para buscar auxilio en el cercano caserío. Y dicho y hecho. Tal
como estábamos, sin siquiera cubrirnos, mi madre y yo echamos a correr en la
oscuridad, cada vez más densa, de aquel helado atardecer.
El caserío sólo distaba unos cientos de yardas y teníamos la ventaja de que,
en cuanto traspusiéramos la ensenada, ya no se nos vería; también me
tranquilizaba que se hallara en dirección opuesta a aquella por donde había
venido el ciego y por la que probablemente se había marchado. Recorrimos el
camino en pocos minutos, y eso contando que nos detuvimos alguna vez para
escuchar. Pero no se oía ruido alguno desacostumbrado, sólo el suave batir de
las olas en la playa y el graznar de los cuervos en el bosque.
Cuando llegamos al caserío, ya se encendían las primeras luces, y nunca
olvidaré el alivio que sentí al ver aquellos resplandores amarillentos que se
filtraban por puertas y ventanas. Pero ésa fue toda la ayuda que de allí
recibimos, porque —aunque parezca mentira— nadie estaba dispuesto a
regresar con nosotros a la «Almirante Benbow», y cuanto más
dramatizábamos nuestras desventuras, menos inclinados parecían todos —
hombres, mujeres o mozos— a abandonar el cobijo de sus hogares. El nombre
del capitán Flint, aunque desconocido para mí, era bastante famoso para
muchos de los vecinos, y en todos causaba el mayor espanto. Alguno de los
labradores que habían estado arando las tierras de más allá de la hostería
recordaba haber visto gente forastera en el camino, y, tomándolos por
contrabandistas, habían huido de ellos; uno, por lo menos, aseguraba haber
visto un lugre fondeado en la que llamábamos la Cala de Kitt. Y tan sólo la
idea de encontrarse con alguno de los compañeros del capitán ya bastaba para
infundirles el más invencible de los temores. El resultado fue que, si bien
varios vecinos se ofrecieron para ir a caballo hasta la casa del doctor Livesey,
que por cierto estaba en la dirección contraria, ninguno estuvo dispuesto a
ayudarnos para defender la «Almirante Benbow».
Dicen que la cobardía es contagiosa; pero la discusión, por el contrario,
enardece. Y así, después que cada uno expresó sus opiniones, mi madre les
lanzó una arenga declarando que no estaba dispuesta a perder un dinero que
pertenecía a su hijo.
—Si ninguno de vosotros se atreve —les dijo—, Jim y yo sí nos atrevemos
y no os necesitamos para encontrar el camino de vuelta. Os agradezco mucho
a todos, manada de gallinas, vuestro amparo.
Nosotros abriremos ese cofre, aunque nos cueste la vida, y le agradecería a
usted, señora Crossley, que me prestase una bolsa para traernos el dinero que
nos pertenece.
Yo, por supuesto, dije que iría con mi madre; y por supuesto, todos
intentaron convencernos de nuestra temeridad, pero ni aún entonces hubo
alguno que decidiera venir con nosotros. Lo único que hicieron fue darme una
pistola cargada, por si nos atacaban, y prometernos tener caballos ensillados
para el caso de que fuésemos perseguidos al regreso. También enviarían a un
muchacho a casa del doctor Livesey para buscar el socorro de gente armada.
El corazón me latía en la boca, cuando salimos al frío de la noche y
emprendimos nuestra peligrosa aventura. La luna llena empezaba a levantarse
e iluminaba con su brillo rojizo los altos bordes de la niebla. Aligeramos el
paso, pues muy pronto todo estaría bañado por una luz casi como el día y no
podríamos ocultarnos a los ojos de cualquiera que estuviera vigilando. Nos
deslizamos silenciosos y rápidamente a lo largo de los setos sin que
escuchásemos ruido alguno que aumentara nuestros temores, hasta que con
sumo júbilo cerramos tras de nosotros la puerta de la «Almirante Benbow».
Corrí inmediatamente el cerrojo, y permanecimos unos instantes en la
oscuridad, sin movernos, jadeantes, a solas en aquella casa con el cuerpo del
capitán. En seguida mi madre se procuró una vela y cogidos de la mano
penetramos en la sala. El cuerpo yacía tal como lo habíamos dejado, tumbado
de espaldas, con los ojos abiertos y un brazo estirado.
—Baja las persianas, Jim —susurró mi madre—, no sea que estén ahí fuera
y nos vean. Y ahora tenemos que encontrar la llave de eso —dijo, cuando yo
acabé de cerrar—, pero ¿quién se atreve a tocarlo? —y al decir esto no pudo
reprimir un sollozo.
Me arrodillé junto al capitán. En el suelo, cerca de su mano, encontré un
redondel de papel ennegrecido por una de sus caras. No dudé de que aquello
era la Marca Negra; y, cogiéndolo, pude leer en el dorso escrito con letra muy
clara y limpia el siguiente aviso: «Tienes hasta las diez de esta noche».
—Tenía hasta las diez, madre —dije yo.
Y al tiempo de decir esto, nuestro viejo reloj empezó a sonar dando las
horas. Las campanadas nos sobrecogieron de terror, pero al menos contándolas
nos tranquilizamos, ya que no eran más que las seis.
—Vamos, Jim —dijo mi madre—. La llave.
Registré los bolsillos uno tras otro; sólo encontramos unas monedas, un
dedal, un poco de hilo y unas agujas enormes, un trozo de tabaco mordido por
una punta, su navaja de corva empuñadura, una brújula de bolsillo y yesca. Yo
ya empezaba a desesperar.
—Acaso la tenga colgada del cuello —sugirió mi madre.
Venciendo una gran repugnancia, desgarré su camisa y allí, colgada de su
cuello, en un cordel embreado, que corté con su propia navaja, estaba la llave.
Este triunfo nos llenó de esperanza y subimos sin perder un segundo al cuarto
donde tanto tiempo había él dormido y donde desde el día de su llegada
permanecía su cofre. Era un cofre igual que tantos otros de los que suelen usar
los navegantes; tenía la inicial B marcada en la tapa con un hierro al rojo vivo
y las esquinas estaban aplastadas y maltrechas por el largo y tempestuoso
servicio.
—Dame la llave —dijo mi madre.
Y aunque la cerradura se resistió, no tardó en abrirla, y levantamos la tapa.
Un fuerte olor a tabaco y a brea emanó de su interior; encima de todo
vimos ropa nueva, cuidadosamente cepillada y doblada. Mi madre aventuró
que no había sido estrenada. Debajo empezamos a descubrir los más
heterogéneos objetos: un cuadrante, un vaso de estaño, varias libras de tabaco,
una pareja de excelentes pistolas, un pedazo de un lingote de plata, un antiguo
reloj español y otras baratijas, como un par de brújulas montadas en latón y
cinco o seis conchas de caracoles de las Antillas. Muchas veces después he
recordado esas conchas y he pensado en lo extraño de que las llevara con él a
través de su errante, criminal y aventurera existencia.
Sólo aquel lingote de plata y algunas monedas tenían algún valor; pero ni
uno ni las otras nos aprovechaban. Debajo de todo había un viejo capote
marino descolorido ya por la sal y el aire de tantos océanos y puertos. Mi
madre tiró de él, encolerizada, y entonces descubrimos lo que había en el
fondo del cofre: un paquete envuelto en hule, que parecía contener papeles, y
un saquito de lona que, al tocarlo, dejó oír un tintineo de oro.
—Voy a enseñarles a esos forajidos que yo soy una mujer honrada —dijo
mi madre—. Tomaré lo que se me debe y ni una perra más. Sostén la bolsa de
la señora Crossley —y empezó a contar las monedas hasta sumar la cantidad
que el capitán nos había dejado a deber.
La tarea fue larga y dificultosa, porque había monedas de todos los países
y tamaños: doblones y luises de oro y guineas y piezas de a ocho y qué se yo
cuántas más, todas revueltas en aquella bolsa. Además, mi madre únicamente
sabía ajustar cuentas con guineas, y precisamente éstas eran las más escasas.
Aún no habíamos llegado ni a la mitad de la cuenta, cuando de pronto, en
el aire silencioso y helado, escuchamos algo que casi paralizó los latidos de mi
corazón: el toc toc toc del palo del ciego sobre la carretera endurecida por el
frío. Se acercaba lentamente. Permanecimos quietos, conteniendo la
respiración. Después sonó un golpe fuerte en la puerta de la hostería y oímos
levantarse la falleba y rechinar el cerrojo como si aquel miserable tratara de
abrir; luego hubo un largo y terrible silencio. Después el toc toc toc se escuchó
una vez más, y, con la mayor alegría por nuestra parte, cada vez más lejano,
hasta que se perdió en la noche.
—Madre —le dije—, cojamos todo y vámonos.
Porque estaba seguro de que, al haber encontrado la puerta cerrada por
dentro, el ciego entraría en sospechas y no tardaría en volver con toda la
cuadrilla; aun así me alegré de haber echado el cerrojo, pues tal era el espanto
que me producía aquel pavoroso ciego.
Pero mi madre, a pesar de sus temores, no quería apropiarse de un penique
más de lo que se le debía, y se obstinaba también en no contentarse con
menos. Me tranquilizó diciendo que aún faltaba mucho para las siete. No
estaba dispuesta a irse sin haber saldado la cuenta. Y aún trataba yo de
convencerla, cuando escuchamos de pronto un corto y apagado silbido en la
lejanía, sobre la colina. Aquello fue más que suficiente para los dos.
—Me llevaré lo que he cogido —dijo, poniéndose en pie de un salto.
—Y yo tomaré esto para completar la cuenta —dije yo, echando mano al
envoltorio de hule.
Un instante después bajábamos a tientas por la escalera, porque habíamos
olvidado la vela junto al cofre vacío; y sin perder tiempo abrimos la puerta y
escapamos a todo correr. Unos minutos más tarde y hubiera sido fatal para
nosotros, porque la niebla iba aclarando más que deprisa y la luna ya
iluminaba las zonas más altas, y sólo por la hondonada del barranco y en torno
a nuestra puerta flotaban aún tenues velos que nos ocultaron en la huida. Pero
antes de llegar a mitad de camino del caserío, casi al final de la cuesta, la
niebla se levantaba dejando paso a la claridad de la luna, y forzosamente
teníamos que pasar por allí. Además, escuchamos rumor de gente cada vez
más cerca y vimos una luz que oscilaba entre la bruma y que indicaba que uno
de nuestros perseguidores al menos traía una linterna de aceite.
—Hijo mío —dijo mi madre—, toma el dinero y escapa tú. Creo que voy a
desmayarme.
Pensé que aquello era el fin de los dos. Maldije la cobardía de nuestros
vecinos y culpé a mi pobre madre tanto por su honradez como por su codicia,
por su pasada temeridad y por su desfallecimiento ahora. Casi habíamos
llegado al puente pequeño, y había un terraplén que bien podía servirnos, por
lo que la ayudé para llegar hasta él y ocultarnos; fue dejarla apoyada en el
talud cuando con un suspiro se desplomó sobre mi hombro. No sé cómo tuve
fuerzas para conseguirlo, y me temo que usé cierta brusquedad, pero logré
arrastrarla por la pendiente hasta casi ocultarla bajo el puente. No pude hacer
más, porque el arco era tan bajo, que no me permitió más que reptar, y, aunque
mi madre quedaba casi a la vista de aquellos desalmados, allí permanecimos,
tan cerca de la hostería, que pudimos ver todo cuanto en ella ocurrió.
