Poco después de los sucesos que acabo de narrar tuvo lugar el primero de
los misteriosos acontecimientos que acabaron por librarnos del capitán,
aunque no, como ya verá el lector, de sus intrigas. Fue aquel invierno un
invierno en que la tierra permaneció cubierta por las heladas y azotada por los
más furiosos vendavales. Nos dábamos cuenta de que mi pobre padre no
llegaría a ver la primavera; día a día empeoraba, y mi madre y yo teníamos
que repartirnos el peso de la hostería, lo que por otro lado nos mantuvo tan
ocupados, que difícilmente reparábamos ya en nuestro desagradable huésped.
Recuerdo que fue un helado amanecer de enero. La ensenada estaba
cubierta por la blancura de la escarcha, la mar en calma rompía suavemente en
las rocas de la playa y el sol naciente iluminaba las cimas de las colinas
resplandeciendo en la lejanía del océano. El capitán había madrugado más que
de costumbre, y se fue hacia la playa, con su andar hamacado, oscilando su
cuchillo bajo los faldones de su andrajosa casaca azul, el catalejo de latón bajo
el brazo y el sombrero echado hacia atrás. Su aliento, al caminar, iba dejando
como nubecillas blanquecinas. Al desaparecer tras un peñasco, profirió uno de
aquellos gruñidos que tan familiares ya me eran, como si en aquel instante
hubiera recordado con indignación al doctor Livesey.
Mi madre estaba arriba, velando a mi padre; yo atendía mis quehaceres y
preparaba la mesa para cuando regresara el capitán. Entonces se abrió la
puerta y apareció un hombre al que jamás antes había visto. Pálido, con la
blancura del sebo; vi que le faltaban dos dedos en la mano izquierda, pero,
aunque le colgaba un machete, no tenía trazas de hombre pendenciero. Yo, que
estaba siempre pendiente de cualquier marino, tanto con una como con dos
piernas, recuerdo que me sentí desconcertado, pues aquel visitante no parecía
hombre de mar, pero algo en él olía a tripulación.
Le pregunté en qué podía servirle, y dijo que quería beber ron; pero,
cuando iba a traérselo, se sentó sobre una mesa y me hizo una seña de que me
acercara. Me quedé quieto donde estaba con el paño de limpieza en las manos.
—Acércate, hijo —me llamó—. Acércate.
Yo di un paso hacia él.
—¿Esa mesa que está ahí preparada no será para mi compadre Bill? —me
preguntó con aire burlón.
Le dije que no conocía a su compadre Bill; que aquella mesa estaba
dispuesta para otro huésped a quien llamábamos el capitán.
—Bien —dijo—, eso le gusta a mi compadre Bill, que le llamen capitán.
Pero si el que dices tiene una cicatriz grande en un carrillo y da gusto ver lo
fino que es, sobre todo cuando está borracho, ése es mi compadre Bill.
Además, vamos a ver, si tu capitán tiene una cuchillada en la mejilla… ¿no
será además en el lado derecho? ¡Ah, ya decía yo! Así que… ¿está aquí mi
compadre Bill?
Le contesté que se encontraba fuera, dando uno de sus paseos.
—¿Por dónde, hijo? ¿Por dónde ha ido?
Le indiqué la playa y le dije por dónde podría regresar el capitán y lo que
aún tardaría, y, después que respondí a otras de sus preguntas, me dijo:
—Ah… Verme le va a sentar mejor que un trago de ron a mi compadre
Bill.
La expresión de su cara al decir esto no me pareció muy agradable, por lo
que pensé que el forastero no decía la verdad. Pero pensé que no era asunto
mío; y, además, tampoco podía yo hacer nada. El hombre salió y se apostó en
la entrada de la hostería, acechando como gato que espera al ratón. Cuando se
me ocurrió salir a la carretera, me ordenó que entrase inmediatamente, y, como
no obedecí con la presteza que él esperaba, un cambio terrible se produjo en su
rostro blanquecino, y profirió un juramento tan terrible, que me heló el alma.
Entré rápidamente en la posada y él entonces se me acercó, recobrando su aire
zalamero, y dándome una palmadita en el hombro me dijo que yo era un buen
muchacho y que se había encariñado conmigo.
—Tengo yo un hijo —me contó— que se parece a ti como una gota de
agua a otra y que es el orgullo de mi corazón. Pero los muchachos necesitáis
disciplina, hijo, disciplina. Si tú hubieras navegado con mi compadre Bill, no
necesitarías que te lo dijera dos veces para entrar en casa, no… No eran esas
las costumbres de Bill ni de los que navegaban con él. ¡Pero, mira! ¡Ahí viene!
Con su catalejo bajo el brazo. Es mi compadre Bill. ¡Bendito sea! Tú y yo
vamos a meternos dentro, hijo, y nos esconderemos tras la puerta; vamos a
darle a Bill una buena sorpresa. ¡Dios lo bendiga!
Y diciendo esto, entró conmigo en la hostería y me ocultó tras él, junto a la
puerta. Yo estaba, como es de suponer, inquieto y alarmado, y el miedo que
sentía aumentaba al ver que el forastero también daba muestras de temor.
Acarició la empuñadura de su machete y empezó a sacarlo de su vaina, y todo
el tiempo que estuvimos aguardando no dejó de tragar saliva, como si tuviera,
como suele decirse, un nudo en la garganta.
Por fin entró el capitán, cerró la puerta de golpe y, sin desviar su mirada, se
dirigió a grandes zancadas hacia su mesa.
—¡Bill! —llamó el forastero, con una voz que pretendía ser firme y
resuelta.
El capitán giró sobre sus talones y se nos quedó mirando; el color había
desaparecido de su rostro y hasta su nariz se tornó lívida; tenía el aspecto del
que ve a un aparecido o al mismo diablo o incluso algo peor, si es que existe;
tanto me sobrecogió verlo así, porque fue como si en un instante envejeciera
cien años.
—Vamos, Bill… Ya me conoces… ¿O es que no te acuerdas de tu viejo
camarada? —dijo el forastero.
El capitán ahogó un grito de asombro y exclamó:
—¡«Perronegro»!
—¿Y quién si no? —contestó el otro, ya más tranquilo—. El mismo
«Perronegro» de siempre, que viene a saludar a su antiguo camarada Bill a la
posada del «Almirante Benbow». Ah, Bill, Bill…. ¡Las cosas que hemos visto
los dos desde que yo perdí estos garfios! —y levantó su mano mutilada.
—Está bien —dijo el capitán—, al fin me has pillado, ya me tienes; bien,
echa fuera lo que tengas que decir. ¿Qué quieres?
—Siempre el mismo, ¿eh, Bill? —respondió «Perronegro»—. Tienes toda
la razón. Ahora este buen mozalbete nos va a traer un trago de ron y vamos a
sentarnos, ¿quieres?, y vamos a charlar mano a mano, como viejos camaradas.
Cuando yo regresé con el ron, estaban los dos sentados en la mesa del
capitán, uno frente al otro. «Perronegro» se había situado cerca de la puerta y
con la silla algo separada de la mesa, como para poder al mismo tiempo vigilar
a su antiguo compinche y, supongo, tener pronta la huida.
Me mandó que me retirase y que dejara la puerta abierta de par en par, y
añadió:
—No se te ocurra espiar por el ojo de la cerradura, hijo.
Así que, dejándolos solos, me retiré.
Durante largo rato, y aunque me esforcé por escuchar, no pude entender
más que apagados susurros; pero después empecé a oír sus voces, cada vez
más altas, y entonces pesqué alguna palabra, principalmente juramentos del
capitán:
—¡No, no, no, no! ¡Y basta! —gritaba—. ¡Si hay que acabar colgados, a la
horca todos! —chilló.
Y de repente estalló en juramentos horribles y escuché ruido de golpes; la
mesa y las sillas rodaban por el suelo con gran estrépito; oí chocar de aceros y
un instante después vi a «Perronegro» huir despavorido y al capitán corriendo
tras él, los dos con los machetes en la mano, y vi que el hombro de
«Perronegro» manaba sangre. Ya en la puerta el capitán descargó sobre el
fugitivo un tajo tan tremendo, que, de haberlo alcanzado, lo hubiera abierto en
canal, pero gracias a que el cuchillo chocó con la muestra de la hostería que
colgaba en el portal. Todavía puede verse la muesca en el lado inferior del
marco.
Aquel golpe fue el último de la pelea. Cuando pudo llegar a la carretera,
«Perronegro», a pesar de su herida, demostró saber correr y desapareció tras la
colina en medio minuto. El capitán, por su parte, miró la muestra como
aturdido. Se pasó varias veces la mano por sus ojos, y después volvió a entrar
en la casa.
—¡Jim! —gritó—, ¡ron! —y al pedírmelo, se tambaleó un poco y trató de
sostenerse apoyándose en la pared.
—¿Estáis herido? —exclamé.
—Ron… —me pidió de nuevo—. He de huir de aquí… ¡Ron! ¡Ron!
Corrí a traérselo, pero estaba tan impresionado por todo lo que había visto,
que rompí un vaso y averié el grifo, y, mientras trataba de calmarme, oí el
golpe de un cuerpo al caer al suelo; corrí entonces hacia la habitación donde
había dejado al capitán y allí me lo encontré tirado cuan largo era. En ese
instante mi madre, alarmada por los gritos y la pelea, acudió presurosa en mi
ayuda. Entre los dos tratamos de levantar al capitán, que resollaba fuerte y
estentóreamente; tenía los ojos cerrados y en su rostro el color de la muerte.
—¡Pobre de mí! —gritaba mi madre—. ¡La desgracia se ceba en esta casa!
¡Y con tu pobre padre tan enfermo!
No teníamos ni idea de qué hacer para auxiliar al capitán, lo único que se
nos ocurría es que había sido herido de muerte en la pelea con el forastero.
Traje, por si acaso, el ron y traté de hacérselo beber, pero tenía los dientes
apretados y la boca encajada, como si fuera de hierro. En ese instante, y con
gran alivio por nuestra parte, se abrió la puerta y vimos entrar al doctor
Livesey, que venía a visitar a mi padre.
—¡Doctor! —exclamamos—. ¡Ayúdenos! ¡No sabemos si está muerto!
—¿Muerto? —dijo el doctor—. No más que uno de nosotros. Este hombre
no tiene sino un ataque, que por cierto ya le advertí. Y ahora, señora Hawkins,
vuelva usted al lado de su esposo, y, si es posible, que no se entere de nada de
esto. Yo, como es mi obligación, trataré de salvar la despreciable vida de este
tunante. Jim —me indicó—, haz el favor de traerme una jofaina.
Cuando volví con lo que me había pedido, el doctor había cortado de arriba
hasta abajo una manga del capitán, dejando al descubierto su enorme brazo
nervudo, sobre el que se veían varios tatuajes; en el antebrazo, con gran
claridad, leímos: «Mía es la suerte», y «Viento en las velas», y «Billy Bones es
libre», y más arriba, junto al hombro, veíase una horca con un hombre
colgado; el dibujo estaba trazado con cierta gracia.
—¡Profético! —dijo el doctor, indicándome el dibujo—. Y ahora, señor
Bones, si ése es su nombre, vamos a ver de qué color tiene usted la sangre. ¿Te
asusta la sangre, Jim? —me preguntó.
—No, señor —respondí.
—Bueno, pues entonces —me dijo— sostén la jofaina. Y diciendo esto,
cogió la lanceta y abrió una vena. Abundante sangre manó antes de que el
capitán abriese los párpados y nos mirara con turbios ojos. Primero reconoció
al doctor, y frunció su ceño; luego me vio a mí, y eso pareció tranquilizarlo.
Pero de pronto su rostro palideció y trató de incorporarse, gritando:
—¿Dónde está «Perronegro»?
—Aquí no hay ningún «Perronegro» —dijo el doctor—, excepto el que
lleváis en el pellejo. Habéis seguido bebiendo y os ha dado un ataque, tal
como anuncié; y en este instante acabo, muy contra mi gusto, de sacaros por
las orejas de la sepultura. Y ahora, señor Bones…
—Yo no me llamo así —interrumpió el capitán.
—Tanto me da —replicó el doctor—. Es el nombre de un pirata del que he
oído hablar; y así os llamo para abreviar. De cualquier forma lo que tenía que
deciros es tan sólo esto: un vaso de ron no acabará con vuestra vida, pero a ése
seguirá otro, y después otro, y apuesto mi peluca a que, de no dejarlo, no
tardaréis en morir, ¿está claro?, moriréis y así iréis al lugar que os
corresponde, como está en la Biblia. Ahora, vamos, haced un esfuerzo y os
ayudaré, por esta vez, a ir a la cama.
Entre el doctor y yo, con gran trabajo, conseguimos hacerlo subir la
escalera y dejarlo en el lecho, donde su cabeza cayó sobre la almohada igual
que si aún permaneciera desmayado.
—Y ahora, pensadlo —dijo el doctor—. Yo declino mi responsabilidad.
Sólo el nombre del ron ya significa vuestra muerte.
Y tomándome por el brazo, salimos de aquel cuarto para ir a ver a mi
padre.
—No hay que temer —me dijo el doctor tan pronto cerramos la puerta—.
Le he extraído suficiente sangre como para que descanse tranquilo una
temporada; tendrá que quedarse aquí una semana, es lo mejor para todos; pero,
sin duda, otro ataque puede acabar con él.
