Han pasado tres años desde la noche en que Ahab dejó una grieta en el suelo del faro con su pata de marfil. La grieta ha crecido. Ya no es una línea fina sino una hendidura que atraviesa la habitación circular de lado a lado como una cicatriz en la frente de un gigante, y en las noches de marea alta el agua del mar se filtra por ella y forma un charco oscuro que huele a sal y a tiempo podrido. Don Desiderio ha dejado de intentar repararla. Ha aprendido que algunas grietas no se reparan: se habitan, como diría Silver, o se persiguen, como diría Ahab, o simplemente se miran con la resignación de quien sabe que el faro tiene los días contados y que la entrevista de esta noche podría ser la última.
La mesa de caoba sigue ahí, pero ahora solo tiene dos sillas. Don Desiderio ha decidido que esta noche no necesita un tercer interlocutor. No necesita un pirata ni un corsario ni un capitán loco. Esta noche necesita a alguien que fue niño. Porque de todos los hombres que han pasado por este faro —Silver con su muleta de impregnada de sal, el Corsario con su espada de Toledo, Ahab con su pata de marfil—, ninguno le ha quitado el sueño tanto como el muchacho que todos ellos, de un modo u otro, intentaron devorar.
Jim Hawkins llega al atardecer.
No sube por la escalera de caracol con el estrépito de los hombres que llevan muletas o patas de marfil. Sube en silencio, con pasos ligeros que todavía conservan algo de la agilidad del niño que trepó a la cofa del mástil del Hispaniola y cortó la driza de la bandera pirata con un cuchillo que le quedaba grande en la mano. Tiene cuarenta y tantos años ahora. El pelo se le ha vuelto gris en las sienes. El rostro es el de un hombre que ha vivido una vida razonablemente tranquila —un negocio de importación en Bristol, una esposa que le quiere con la paciencia de quien sabe que su marido se despierta gritando algunas noches, dos hijos que no saben que su padre fue héroe de una historia que medio mundo ha leído sin entender—, pero los ojos son los ojos del muchacho de trece años. No han envejecido. Siguen siendo grandes, oscuros, asustados, los ojos de un niño que miró dentro de un barril de manzanas y descubrió que el mundo era un lugar donde los hombres sonreían mientras planeaban degollarte.
Se sienta frente a Don Desiderio. No toca la botella de ron que hay sobre la mesa. Pide agua. Don Desiderio le sirve un vaso de agua del pozo del faro, que sabe a hierro y a piedra, y Jim la bebe con la misma sed con la que bebió del arroyo de la Isla del Tesoro cuando la fiebre le abrasaba las entrañas y Ben Gunn le miraba desde los arbustos con ojos de cabra enloquecida.
DON DESIDERIO: (su voz es más suave que en las entrevistas anteriores; hay algo en la presencia de Jim que le impide usar el tono de inquisidor que empleó con Silver, con el Corsario, con Ahab; esta noche su voz suena casi paternal, y eso le irrita porque un buen entrevistador no debería sentir ternura por sus entrevistados, pero las reglas de este faro se han ido desmoronando junto con la grieta del suelo) Señor Hawkins. Gracias por venir. Sé que no le gustan las entrevistas. Sé que ha rechazado a periodistas de Londres, de Edimburgo, de París. Sé que su esposa envió un mensaje advirtiendo que si yo le hacía llorar, ella personalmente vendría a este faro a tirarme al mar. Así que intentaré ser cuidadoso.
JIM HAWKINS: (sonríe; la sonrisa es tímida, casi infantil, como si el niño de trece años estuviera asomándose detrás del rostro del hombre de cuarenta) Mi esposa es más peligrosa que Long John Silver, señor Desiderio. Y eso ya es decir. (Pausa. Mira la grieta del suelo. Mira el charco de agua salada que brilla a la luz del faro como un ojo negro.) ¿Es nueva esa grieta?
DON DESIDERIO: Tiene tres años. La dejó un capitán que ya no está entre nosotros. Pero crece sola. El mar la alimenta.
JIM: (asiente con una gravedad que no le corresponde a su edad) El mar siempre encuentra la manera de entrar. En los faros, en los barcos, en los hombres. Mi madre tenía una posada frente al mar, la posada del Almirante Benbow, y cada invierno el agua se filtraba por debajo de la puerta y empapaba las patas de las sillas. Mi madre ponía trapos. Los trapos se empapaban. Mi madre ponía más trapos. Así es la vida, señor Desiderio. Una sucesión de trapos empapados que uno va colocando debajo de la puerta esperando que el mar se canse. Pero el mar no se cansa nunca.
DON DESIDERIO: (escribe; la pluma rasga el papel con una suavidad inusual, como si la tinta quisiera acariciar la página en lugar de herirla) Empecemos por el principio. El Almirante Benbow. El viejo Billy Bones. La mancha negra. ¿Cuántas veces ha contado usted esa historia?
JIM: (mira sus manos; son manos de hombre de negocios, limpias, con callos de pluma y no de espada, pero si uno las mira con atención puede ver que el dedo índice de la mano derecha tiene una cicatriz fina, casi invisible, que le dejó el cuchillo de Israel Hands cuando el timonel del Hispaniola intentó clavarle una navaja en el pecho) No la he contado nunca.
DON DESIDERIO: ¿Nunca?
JIM: Nunca. La historia que el mundo conoce la escribió el señor Stevenson basándose en unos cuadernos que yo le vendí hace años por una cantidad de dinero que me pareció obscena y que gasté en pagar las deudas de la posada de mi madre, que ya estaba muerta para entonces. Pero el señor Stevenson escribió una aventura. Un libro para muchachos. Un relato de piratas y tesoros y mapas con una equis roja. Y eso no es lo que pasó, señor Desiderio. Eso no es lo que pasó en absoluto.
DON DESIDERIO: ¿Qué pasó entonces?
JIM: (el vaso de agua tiembla en su mano; lo deja sobre la mesa antes de que se derrame) Pasó que un niño de trece años vio morir a un hombre en la posada de su madre. Billy Bones. Un borracho enorme que olía a ron y a pólvora y que me pagaba cuatro peniques al mes para que vigilara la carretera en busca de un marinero con una sola pierna. (La voz se le quiebra en la palabra “pierna”, y ambos hombres saben por qué.) Cuando Billy murió, yo estaba en la habitación. Vi cómo se le ponía la cara azul. Vi cómo los ojos se le salían de las órbitas como dos canicas de cristal sucio. Vi cómo el pecho le subía y le bajaba con un sonido que parecía el fuelle de una fragua. Y luego dejó de moverse. Y yo me quedé ahí, de pie, junto a la cama, con la mano de mi madre apretándome el hombro, y supe que algo se había roto dentro de mí que nunca volvería a soldarse. (Pausa.) El señor Stevenson escribió que yo abrí el cofre de Billy Bones con una llave que le colgaba del cuello. Lo que no escribió es que la llave estaba caliente. Caliente del calor del cuerpo de un muerto. Y que cuando la toqué, sentí que Billy Bones me estaba pasando algo más que una llave: me estaba pasando su maldición.
DON DESIDERIO: ¿Cree usted en las maldiciones, Jim?
JIM: Creo en las consecuencias. Que es lo mismo pero sin la poesía. La consecuencia de abrir aquel cofre fue el mapa. La consecuencia del mapa fue el viaje. La consecuencia del viaje fue la isla. La consecuencia de la isla fue la sangre. Y la consecuencia de la sangre es que yo estoy aquí, a los cuarenta y tantos años, sentado en un faro que se está cayendo, hablando con un periodista que me mira como si yo fuera un personaje de ficción y no un hombre que todavía se despierta sudando cuando sueña con el sonido de la muleta de Silver contra la cubierta del barco. (Bebe un sorbo de agua. La mano le tiembla menos ahora, como si la confesión fuera un veneno que sale del cuerpo gota a gota.) Usted quiere saber cómo fue la aventura. Se lo diré. No fue una aventura. Fue un secuestro. Yo tenía trece años. Trece. Mi padre acababa de morir. Éramos pobres y mi madre estaba enferma. Y de pronto me vi en un barco rodeado de hombres que olían a tabaco y a violencia, navegando hacia una isla que no aparecía en ningún atlas, solo en ese maldito mapa, persiguiendo un tesoro que no me pertenecía, al servicio de un caballero —el señor Trelawney— que me trataba como a un mascota y de un doctor —el doctor Livesey— que me trataba como a un paciente. Nadie me preguntó si quería ir. Nadie me dijo que la mitad de la tripulación planeaba matarnos a todos. Nadie me preparó para lo que iba a ver. Yo era un niño, señor Desiderio. Un niño con un delantal de posada y unas botas que le quedaban grandes. Y me metieron en un barco y me llevaron al infierno y luego escribieron un libro para niños sobre lo “divertido” que fue todo.
DON DESIDERIO: (deja de escribir; la pluma queda suspendida en el aire; su rostro ha perdido toda distancia profesional) Jim. ¿Cuándo supiste que Silver era el líder del motín?
JIM: (los ojos se le oscurecen; de pronto ya no está en el faro sino en la bodega del Hispaniola, acurrucado dentro de un barril de manzanas, con el corazón latiéndole tan fuerte que temía que los piratas lo oyeran desde la cubierta) En el barril. (La voz le sale como un susurro, como si todavía estuviera escondido y temiera que Silver lo descubriera.) Yo estaba dentro de un barril de manzanas comiéndome la última que quedaba cuando oí la voz de Silver en la cubierta. Y de pronto la voz cambió. La voz del cocinero amable que me daba galletas y me llamaba “muchacho” y me enseñaba los nombres de las estrellas desapareció, y en su lugar apareció otra voz. Una voz fría, calculadora, metálica, la voz de un hombre que estaba repartiendo muertes como quien reparte raciones de tocino. “Antes de que acabe el viaje”, dijo, “no quedará uno solo de esos caballeros vivo”. Y yo, dentro del barril, con la manzana a medio comer en la mano y el jugo corriéndome por la barbilla, supe que el hombre que me había tratado con más cariño en todo el viaje era el mismo hombre de una sola pierna que tanto temía Bill Bones. (Pausa larga. El faro parpadea. El charco de agua salada en la grieta del suelo refleja la luz intermitente como un ojo que parpadea al unísono con la linterna.) ¿Sabe lo que es eso, Don Desiderio? ¿Sabe lo que siente un niño de trece años cuando descubre que la persona que más le ha protegido es también la persona que más peligro representa? Es como si el suelo desapareciera. Como si la gravedad dejara de funcionar. Como si de pronto no supieras qué es arriba y qué es abajo, quién es amigo y quién es enemigo, qué es una caricia y qué es una trampa. Desde ese momento, dentro de ese barril, yo dejé de ser un niño. El niño murió entre las manzanas podridas, señor Desiderio. Y lo que salió del barril fue otra cosa. Algo más duro, más frío, más parecido a un animal que ha aprendido que la selva no tiene reglas.
DON DESIDERIO: Y sin embargo… (se inclina hacia adelante; su voz es casi un susurro, como si temiera que Silver pudiera oírle desde algún rincón del faro) …sin embargo, al final del viaje, cuando Silver estaba a merced de la justicia, cuando podían haberlo ahorcado en Bristol junto con los demás amotinados, usted lo dejó escapar.
JIM: (el rostro se le descompone; la máscara de hombre adulto se agrieta como la pared del faro y por debajo aparece el muchacho de trece años, asustado, confuso, atrapado en una lealtad que no entiende y que no puede explicar) Sí. (La palabra le sale como un suspiro contenido, como una confesión que lleva treinta años atragantada.) Lo dejé escapar. Y no sé por qué. He pasado treinta años intentando entender por qué y todavía no lo sé. ¿Fue gratitud? ¿Fue miedo? ¿Fue lealtad? (La palabra “lealtad” le tiembla en los labios como una llama en una corriente de aire.) Silver me salvó la vida en la isla. Cuando los amotinados querían matarme, Silver se interpuso. Puso su cuerpo entre mi cuello y sus cuchillos. Dijo: “Si tocan al muchacho, me las verán conmigo”. Y lo dijo con una ferocidad que no era fingida, señor Desiderio. Yo he visto a muchos hombres fingir ferocidad. La ferocidad de Silver era real. Era la ferocidad de un lobo que protege a su cachorro, aunque el cachorro no sea de su especie y aunque el lobo sepa que tarde o temprano tendrá que comérselo. (Se pasa la mano por la cara; cuando la retira, sus ojos están rojos.) Y yo le correspondí. Cuando pude haberlo entregado, cuando la justicia lo reclamaba, cuando el doctor Livesey me miraba con esos ojos de cirujano esperando que yo hiciera lo correcto, yo miré a Silver y vi… ¿qué vi? Vi a mi padre. No a mi padre real, que era un hombre débil y enfermo que murió tosiendo en una cama de la posada sin dejarme nada más que deudas y un nombre que no le importaba a nadie. Vi al padre que yo habría querido tener. Un padre fuerte, astuto, peligroso, un padre que sabía navegar y mentir y sobrevivir, un padre que me habría enseñado a no dejarme devorar por el mundo. Silver fue eso para mí, señor Desiderio. Fue el padre que el mar me dio cuando la tierra me quitó el mío. Y uno no entrega a su padre a la horca. Aunque su padre sea un pirata. Aunque su padre sea un asesino. Aunque su padre tenga las manos manchadas de la sangre de hombres que no le habían hecho nada. Uno no lo hace. Y si lo hace, se pasa el resto de la vida preguntándose si es un hombre justo o simplemente un huérfano que tuvo miedo de quedarse solo.
DON DESIDERIO: (escribe una sola palabra en su cuaderno; la palabra es “huérfano”; luego la tacha; luego la vuelve a escribir; luego la tacha de nuevo) Jim. Hablemos del tesoro.
JIM: (ríe; la risa es amarga, seca, la risa de un hombre que ha aprendido que el oro no brilla tanto como dicen los libros) El tesoro. La gran equis roja en el mapa. El sueño de todo niño que ha leído una novela de aventuras. (Se inclina sobre la mesa; su voz se vuelve confidencial, casi conspirativa.) ¿Quiere saber la verdad sobre el tesoro, Don Desiderio? La verdad que el señor Stevenson omitió porque habría arruinado el final de su libro? El tesoro estaba sucio. No metafóricamente. Literalmente sucio. Las monedas estaban cubiertas de moho y de tierra y de algo que olía a podrido, como si el oro hubiera absorbido la descomposición de los hombres que murieron por él. Cuando abrimos las arcas en la cueva de Flint, yo esperaba sentir algo. Alegría. Triunfo. La sensación de que todo el sufrimiento había valido la pena. Y no sentí nada. Absolutamente nada. Miré las monedas y pensé: “Esto es por lo que Billy Bones murió tosiendo en la posada de mi madre. Esto es por lo que Tom Redruth recibió un balazo en el pecho. Esto es por lo que Alan fue asesinado a machetazos en la playa porque se negó a unirse al motín. Esto es por lo que yo pasé tres semanas en una isla llena de fiebre y de cadáveres y de hombres que querían cortarme el cuello”. Y las monedas no respondieron. El oro no habla, señor Desiderio. El oro es el material más silencioso del mundo. Brilla, sí. Pero no dice nada. Y el silencio del oro es más ensordecedor que el rugido de cualquier cañón.
DON DESIDERIO: ¿Qué hizo con su parte?
JIM: (mira el vaso de agua vacío; lo llena de nuevo con la jarra; sus movimientos son mecánicos, los movimientos de un hombre que ha rehecho este gesto mil veces en mil noches de insomnio) La invertí. En el negocio de importación. En la casa de Bristol. En la educación de mis hijos. Es un dinero que huele a sangre pero que compra pan y leche y libros de gramática, y supongo que en eso consiste la civilización: en lavar la sangre del oro hasta que el oro parece limpio y la sangre parece un recuerdo. (Pausa.) Mis hijos no saben de dónde viene el dinero. Creen que su padre es un comerciante aburrido que importa té de Ceilán y especias de las Molucas. Y tienen razón. Eso es lo que soy. Eso es lo que he elegido ser. Porque la alternativa era ser Jim Hawkins, el muchacho de la Isla del Tesoro, el héroe de la aventura, el niño que cortó la driza del barco pirata y que sobrevivió al motín y que dejó escapar al pirata más famoso del Caribe. Y ese Jim Hawkins, señor Desiderio, ese muchacho valiente y temerario que el señor Stevenson inmortalizó en su libro, ese muchacho está muerto. Murió en la isla. Murió en la cueva de Flint. Murió en el barril de manzanas. Y lo que queda es esto: un hombre de cuarenta y tantos años que importa té y que se despierta gritando cuando sueña con el sonido de una muleta contra la madera.
DON DESIDERIO: (la voz le tiembla; ya no intenta disimularlo) Jim. ¿Sueña con Silver?
JIM: (el silencio que sigue dura tanto que el faro completa tres rotaciones enteras; luz, oscuridad, luz, oscuridad, luz, oscuridad; cuando Jim habla, su voz viene de un lugar que está por debajo de la garganta, por debajo del pecho, por debajo de los huesos, del lugar donde los recuerdos se almacenan cuando la mente consciente ya no puede soportarlos) Todas las noches. (Tres palabras. Tres palabras que pesan más que las setecientas mil libras del tesoro de Flint.) Todas las noches desde hace treinta años. Silver viene a mi cama y se sienta en la silla que hay junto a la ventana —la misma silla donde mi esposa deja su chal por las noches— y me mira. No dice nada. No me amenaza. No me sonríe con esa sonrisa suya que era al mismo tiempo una caricia y una navaja. Simplemente me mira. Con esos ojos que eran los ojos más inteligentes que he visto en mi vida, más inteligentes que los del doctor Livesey, más inteligentes que los del capitán Smollett, más inteligentes que los de cualquier hombre que haya conocido antes o después. Me mira y yo sé lo que está pensando. Está pensando: “Muchacho, tú y yo somos lo mismo”. Y yo quiero gritarle que no, que yo no soy como él, que yo no maté a nadie, que yo no traicioné a nadie, que yo era solo un niño. Pero la voz no me sale. Y Silver sigue mirándome. Y en el sueño yo sé que tiene razón. Que somos lo mismo. Que los dos sobrevivimos. Que los dos dejamos un rastro de muertos detrás de nosotros —él con su cuchillo, yo con mi silencio— y que la única diferencia entre nosotros es que él tuvo el valor de admitir lo que era y yo me he pasado treinta años fingiendo que soy un comerciante de té.
DON DESIDERIO: ¿Y lo son? ¿Son lo mismo?
JIM: (se levanta de golpe; la silla chirría contra el suelo; camina hasta la ventana y mira el mar; el mar está en calma esta noche, una calma que es más inquietante que cualquier tormenta porque un mar en calma es un mar que está conteniendo la respiración) No lo sé. (Apoya la frente contra el cristal frío del faro; su aliento empaña el vidrio y durante un instante su rostro se borra, como si el niño y el hombre se fundieran en una sola mancha de vaho.) Hay días en que creo que sí. Días en que miro a mis hijos y pienso: “Si alguien les amenazara, yo haría lo que hizo Silver. Mataría. Traicionaría. Mentiría. Haría cualquier cosa para que sobrevivieran”. Y esos días me dan miedo porque entiendo a Silver de una manera que no quiero entender. Entiendo su pragmatismo. Entiendo su crueldad. Entiendo por qué dejó morir a los hombres que ya no le servían y protegió a los que todavía le eran útiles. Y me doy cuenta de que yo hago lo mismo, a mi manera, en mi escala modesta de comerciante de Bristol. Yo también calculo. Yo también decido quién merece mi lealtad y quién no. Yo también sonrío a hombres que desprecio porque me conviene sonreírles. La única diferencia es que Silver lo hacía con un cuchillo en la mano y yo lo hago con una pluma y un libro de contabilidad. Pero el cálculo es el mismo, señor Desiderio. La frialdad es la misma. Y la soledad… la soledad es exactamente la misma.
DON DESIDERIO: ¿Y hay días en que cree que no? ¿Días en que cree que usted y Silver son distintos?
JIM: (se vuelve desde la ventana; su rostro está húmedo, y no es la niebla del mar sino algo más caliente y más antiguo que la niebla) Los hay. Los días en que recuerdo que Silver mató a Tom delante de mí. (La voz se le endurece de golpe, como acero que se templa en agua fría.) Tom era un marinero honrado. Un hombre que tenía mujer e hijos en Bristol y que se negó a unirse al motín porque dijo que había jurado lealtad al capitán Smollett y que un juramento era un juramento. Y Silver lo mató. Le golpeó con la muleta —con la muleta de madera que tenía entonces— y Tom cayó al suelo con el cuerpo partido y los ojos abiertos y la boca llena de sangre. Y yo estaba ahí. A tres metros. Y no hice nada. (La confesión le sale como un aullido contenido, como un animal que ha estado atrapado en una trampa durante treinta años y por fin siente que los dientes de hierro le sueltan la pata.) No hice nada, Don Desiderio. Tenía trece años y estaba paralizado de terror y no hice nada. Y Silver me miró después de matar a Tom, me miró con esos ojos suyos que eran al mismo tiempo los ojos de un padre y los ojos de un demonio, y me dijo: “¿Ves, muchacho? Así es el mundo. Los que no se adaptan, mueren”. Y yo le creí. En ese momento, con la sangre de Tom todavía caliente en la arena, yo le creí. Y esa creencia es la mancha que llevo dentro, la mancha que ningún té de Ceilán ni ninguna especia de las Molucas puede lavar. Porque Silver tenía razón. El mundo es así. Los que no se adaptan, mueren. Tom no se adaptó y murió. Billy Bones no se adaptó y murió. El capitán Flint no se adaptó y murió de de sífilis en Savannah. Y yo me adapté. Yo sobreviví. Y la supervivencia, como dijo Silver en este mismo faro hace años —sí, Don Desiderio, yo sé lo que Silver dijo en este faro porque las paredes de los faros tienen memoria y el viento me trajo sus palabras una noche de tormenta—, la supervivencia no es épica. Es sucia. Y yo estoy sucio, señor Desiderio. Estoy sucio de la sangre de Tom y de la sangre de todos los hombres que murieron en la isla mientras yo me escondía en los arbustos y cortaba drizas y jugaba a ser héroe.
DON DESIDERIO: (se levanta; rodea la mesa; se acerca a Jim con una cautela que no había mostrado con ningún otro entrevistado, como si Jim fuera un animal herido que pudiera morder o desmoronarse en cualquier momento) Jim. Escúcheme. Usted tenía trece años.
JIM: (la voz le sale como un latigazo) ¡No me diga que tenía trece años como si eso fuera una excusa! ¡Silver también fue niño alguna vez! ¡Ahab también fue niño! ¡El Corsario también fue niño! ¡Todos fuimos niños y todos terminamos siendo lo que el mar hizo de nosotros! La edad no es una coartada, Don Desiderio. La edad es una trampa. Uno cree que porque era joven no es responsable, pero la culpa no entiende de calendarios. La culpa se instala en el pecho el día que ves morir a un hombre y no haces nada, y da igual que tengas trece años o treinta o sesenta. La culpa es atemporal. La culpa es el verdadero tesoro de la isla. El único tesoro que todos nos llevamos y que no se puede gastar ni invertir ni lavar.
DON DESIDERIO: (retrocede; la intensidad de Jim le ha golpeado como una ola; se sienta de nuevo y mira al hombre que tiene enfrente con una mezcla de admiración y de dolor que le nubla la vista) Entonces, ¿qué es lo que quiere, Jim? Si la culpa no se puede lavar, si el tesoro no llena el vacío, si la aventura fue un secuestro y la supervivencia una mancha… ¿qué es lo que le queda? ¿Qué es lo que le trae a este faro a las tantas de la noche a hablar con un periodista que no puede darle ninguna respuesta?
JIM: (vuelve a sentarse; la energía que le había impulsado a levantarse se ha agotado de golpe, como una vela que ha consumido toda su mecha; su voz es ahora la de un hombre que ha llegado al final de un camino muy largo y descubre que el camino no llevaba a ninguna parte) Quiero que alguien me diga que no fue mi culpa. (Las palabras le salen con una simplicidad que es más devastadora que cualquier discurso de Ahab o cualquier metáfora de Silver.) Sé que es infantil. Sé que un hombre de cuarenta y tantos años no debería necesitar que un periodista le absuelva de pecados que cometió cuando era un niño. Pero no puedo hacerlo solo. He intentado absolverme yo mismo durante treinta años. Me he dicho que era un niño. Me he dicho que no tenía elección. Me he dicho que Silver era el culpable, que Flint era el culpable, que el mar era el culpable, que Dios era el culpable. Y nada funciona. La culpa sigue ahí, en el centro del pecho, como un doblón de oro clavado en el corazón que no se puede arrancar sin que el corazón se rompa. (Levanta la vista; sus ojos son los ojos del niño del barril de manzanas, grandes, oscuros, aterrorizados, los ojos de un muchacho que acaba de descubrir que el mundo es un lugar donde los padres mueren, los amigos mueren, los héroes mueren y los piratas sobreviven.) Así que he venido a su faro, Don Desiderio. He venido a este faro que se está cayendo, con su grieta en el suelo y su charco de agua salada y su luz que parpadea como un corazón enfermo, a pedirle que me diga que no fue mi culpa. Aunque usted no pueda. Aunque nadie pueda. Aunque la absolución sea tan imposible como el tesoro de Flint y tan inútil como la venganza de Ahab. He venido a pedírselo porque usted es el hombre que hace preguntas, y las preguntas, aunque no tengan respuesta, al menos demuestran que alguien está escuchando. Y yo necesito que alguien me escuche, Don Desiderio. Necesito que alguien escuche al niño que sigue gritando dentro del barril de manzanas, el niño que oyó a Silver planear el motín y que no pudo taparse los oídos porque las manos le temblaban demasiado y la manzana se le había caído de la boca y el jugo le corría por la barbilla como una lágrima que no sabía de dónde venía.
DON DESIDERIO: (deja la pluma sobre la mesa; cierra el cuaderno; junta las manos; cuando habla, su voz ya no es la de un entrevistador sino la de un hombre que ha decidido cruzar una línea que los periodistas no deberían cruzar pero que los seres humanos a veces necesitan cruzar) Jim. No fue su culpa.
(El silencio que sigue no es un silencio vacío. Es un silencio lleno, denso, casi líquido, como si las palabras de Don Desiderio hubieran llenado la habitación del faro de un agua invisible que sube lentamente por las paredes y por las grietas y por los huesos de los dos hombres que están sentados a la mesa. Jim no se mueve. No llora. No habla. Simplemente respira, y cada respiración es más profunda que la anterior, como si llevara treinta años conteniendo el aliento y por fin se atreviera a soltarlo.)
JIM: (cuando habla, su voz es tan suave que Don Desiderio tiene que inclinarse sobre la mesa para oírla) No es verdad.
DON DESIDERIO: No. No lo es. Y usted lo sabe. Y yo lo sé. Y esa es la tragedia, Jim. Que la absolución que usted necesita no puede venir de fuera. No puede venir de un periodista, ni de un sacerdote, ni de un libro, ni de una esposa que le quiere con toda su alma pero que no estaba en la isla. La absolución tiene que venir de usted. Del Jim de cuarenta y tantos años que tiene que mirar al Jim de trece y decirle: “Hiciste lo que pudiste. No era suficiente, pero era todo lo que tenías”. Y eso, Jim, eso es más difícil que cualquier aventura. Más difícil que cortar la driza del Hispaniola. Más difícil que sobrevivir a la isla. Más difícil que dejar escapar a Silver. Porque perdonarse a uno mismo requiere una valentía que la aventura no exige. La aventura exige músculos y reflejos y suerte. El perdón exige que te quedes quieto, solo, en una habitación oscura, y mires tu propia culpa a los ojos sin parpadear. Y eso, Jim, eso es lo que Silver nunca pudo hacer y lo que Ahab nunca intentó y lo que el Corsario confundió con venganza. Y es lo que usted está haciendo ahora mismo, en este faro que se está cayendo, con un vaso de agua y una grieta en el suelo y un periodista que no tiene más respuestas que las que usted ya tiene.
JIM: (asiente lentamente; una lágrima le rueda por la mejilla y cae sobre la mesa de caoba, donde se mezcla con el agua salada que se filtra por la grieta; las dos aguas —la lágrima y el mar— son idénticas en composición química, y Jim lo sabe porque importaba sal de las Salinas de Cádiz antes de pasarse al té, y esa coincidencia le parece la metáfora más perfecta y más cruel que el universo le ha ofrecido en toda su vida) Entonces, ¿qué hago?
DON DESIDERIO: Lo que ha hecho siempre. Sobrevivir. Pero esta vez sin culpa. O con la culpa justa, la culpa que cabe en un bolsillo y no en un cofre de pirata. La culpa de un hombre que hizo lo que pudo con lo que tenía cuando era un niño asustado en una isla llena de muertos. Y dejar de intentar ser el héroe de la historia de Stevenson. Usted no es un héroe, Jim. Es un superviviente. Y los supervivientes no necesitan estatuas ni libros ni aventuras. Necesitan paz. Y la paz, como diría Silver, se habita. No se conquista.
JIM: (se queda en silencio durante un largo rato; luego, lentamente, como quien suelta un peso que lleva treinta años cargando, exhala; la exhalación es larga, profunda, definitiva, como el último aliento de un hombre que ha decidido dejar de ahogarse) Silver me dijo una vez, en la isla, cuando estábamos los dos solos junto a la empalizada y él sabía que yo podía haberlo matado y yo sabía que él podía haberme matado y ninguno de los dos lo hizo, me dijo: “Jim, tú eres el único hombre en esta isla que no me tiene miedo. Y eso me asusta más que todos los cañones de la Marina juntos”. (Sonríe; la sonrisa es triste pero limpia, como un cielo después de una tormenta.) Yo le respondí que no era valentía, que era simplemente que yo era demasiado joven para saber de qué tenía que tener miedo. Y él se rio. Se rio con esa risa suya que era como un trueno envuelto en terciopelo. Y me dijo: “Pues no crezcas nunca, muchacho. Porque el día que sepas de qué tienes que tener miedo, el miedo te comerá vivo”. (Pausa.) Tenía razón, por supuesto. Silver siempre tenía razón en las cosas que importaban y siempre se equivocaba en las cosas que no. El miedo me comió vivo. Me comió durante treinta años. Y esta noche, en este faro, creo que por fin he empezado a escupir los huesos.
DON DESIDERIO: (abre el cuaderno de nuevo; escribe una última línea; la tinta se corre sobre el papel húmedo por la sal del mar y por la sal de las lágrimas y las palabras se vuelven borrosas, casi ilegibles, como un mapa que el agua ha lavado hasta borrar la equis roja del tesoro) Jim. Una última pregunta. La más importante. La que no le he hecho a Silver ni al Corsario ni a Ahab porque ellos no habrían sabido responderla, pero usted sí, porque usted es el único de todos los hombres que han pasado por este faro que fue niño y que sobrevivió a la historia que le tocó vivir. (Se inclina sobre la mesa; sus ojos están húmedos y su voz tiembla con una emoción que ya no intenta controlar.) ¿Volvería a la isla?
JIM: (no duda; la respuesta le sale inmediata, visceral, como un reflejo que lleva treinta años esperando en la punta de la lengua) No. (Rotundo. Definitivo. Sin nostalgia.) No volvería. Ni por todo el oro de Flint, ni por todas las aventuras de Stevenson, ni por la posibilidad de ver a Silver una última vez y decirle lo que no le dije cuando lo dejé escapar en Bristol. La isla no es un lugar, Don Desiderio. Es una herida. Y las heridas no se visitan. Se curan. O no se curan. Pero no se visitan. (Se levanta. Se abrocha la chaqueta. Sus movimientos son los de un hombre que ha tomado una decisión y que no va a cambiar de opinión.) Yo he venido a su faro esta noche no para volver a la isla sino para despedirme de ella. Para despedirme del niño del barril de manzanas. Para despedirme de Silver, que fue mi padre y mi enemigo y mi espejo y mi pesadilla. Para despedirme de Tom y de Billy Bones y de Alan y de todos los hombres que murieron en la arena mientras yo jugaba a ser héroe. Y para despedirme de la aventura, esa mentira hermosa que los adultos les cuentan a los niños para que no sepan que el mundo es un lugar donde las manzanas saben a miedo y el oro huele a sangre y los padres mueren y los piratas sobreviven y los faros se caen y el mar no tiene memoria.
DON DESIDERIO: ¿Y adónde va ahora?
JIM: (camina hacia la puerta; en el umbral se detiene; la luz del faro le ilumina la espalda y su sombra se proyecta sobre la grieta del suelo como un puente que une los dos lados de la cicatriz) A casa. A Bristol. A mi casa de Bristol con mi esposa y mis hijos y mi negocio de té y mis noches de insomnio que a partir de mañana serán un poco menos largas. (Se vuelve; su rostro está sereno, y la serenidad en un hombre que ha pasado treinta años atormentado es más impresionante que cualquier tormenta.) Don Desiderio. Cuide su faro. La grieta va a seguir creciendo. Y un día el mar entrará de verdad y se llevará la mesa y las sillas y los cuadernos y las botellas de ron y todas las preguntas que usted ha hecho en esta habitación. Y ese día, cuando el faro caiga, no intente salvarlo. Déjelo caer. Porque los faros, como las aventuras, como los tesoros, como las venganzas, como las obsesiones, como las culpas, son estructuras que los hombres construyen para no tener que mirar la oscuridad a la cara. Y la oscuridad, señor Desiderio, no es tan terrible cuando uno deja de intentar iluminarla. A veces la oscuridad es simplemente oscuridad. Y en la oscuridad, si uno se queda quieto y respira y deja de buscar tesoros y ballenas y venganzas y absoluciones, se puede oír el mar. Y el mar, si uno lo escucha con suficiente atención, no ruge. Susurra. Y lo que susurra es: “Ya puedes descansar, muchacho. Ya puedes descansar”.
(Jim sale. Sus pasos bajan la escalera de caracol en silencio, sin el estrépito de muletas ni de patas de marfil, con la ligereza de un niño que ha aprendido a caminar sin hacer ruido porque el ruido atrae a los piratas y los piratas atraen a la muerte y la muerte atrae al silencio definitivo del que no se vuelve. Don Desiderio se queda solo en la habitación circular. Mira la silla vacía de Jim. Mira el vaso de agua que todavía tiene una huella de labios en el borde. Mira la grieta del suelo, que esta noche parece más ancha que nunca, como si la confesión de Jim hubiera ensanchado la herida del faro del mismo modo en que las confesiones ensanchan las heridas de los hombres que las escuchan.)
(Luego hace algo que no ha hecho en ninguna de las entrevistas anteriores. Algo que Silver no le habría perdonado, que el Corsario habría considerado una debilidad, que Ahab habría despreciado como una rendición. Don Desiderio llora. Llora por Jim, el niño del barril de manzanas. Llora por Silver, el padre que nunca fue padre. Llora por Ahab, el loco que tenía más razón de la que quería admitir. Llora por el Corsario, el vengador que confundió la justicia con la adicción. Llora por Tom, que murió por un juramento. Llora por Billy Bones, que murió por un cofre. Llora por todos los hombres que el mar ha tragado y por todos los faros que el mar ha derribado y por todas las preguntas que no tienen respuesta y por todas las respuestas que no tienen pregunta. Llora porque el faro se está cayendo y porque la grieta va a seguir creciendo y porque el mar no tiene memoria y porque la aventura es una mentira y porque la supervivencia es sucia y porque el perdón es imposible y necesario al mismo tiempo, como un tesoro que brilla en el fondo del océano y que nadie puede alcanzar pero del que nadie puede dejar de soñar.)
(Cuando deja de llorar, el amanecer ha empezado a teñir el horizonte de un gris pálido que parece el color de la pata de marfil de Ahab, del color de la muleta de hueso de Silver, del color de la capa descolorida del Corsario, del color de las manzanas podridas del barril donde un niño de trece años descubrió que el mundo era un lugar donde los hombres sonreían mientras planeaban degollarte. Don Desiderio sube a la linterna del faro, ajusta el mecanismo, y el haz de luz vuelve a barrer el mar con su paciencia de eternidad. Abajo, en la oscuridad que se retira, una figura camina por el sendero del acantilado hacia Bristol. Camina con paso firme, sin cojear, sin muleta, sin pata de marfil, sin espada, sin arpón. Camina como un hombre que ha dejado un peso en un faro y que ahora pesa un poco menos. No mucho menos. Pero un poco. Y a veces, en la economía del sufrimiento, un poco es suficiente.)
DON DESIDERIO: (escribiendo en su cuaderno, con la tinta mezclada con lágrimas y con agua de mar, en una página que ya no distingue entre lo que es escritura y lo que es mancha) Nota final: de todos los hombres que han pasado por este faro, Jim Hawkins es el más valiente. No porque cortara la driza del Hispaniola ni porque sobreviviera a la isla ni porque dejara escapar a Silver. Sino porque ha hecho lo que ninguno de los otros se atrevió a hacer: ha vuelto al lugar del crimen —no a la isla, sino al barril de manzanas, al momento exacto en que la inocencia se rompió— y ha mirado al niño que fue y le ha dicho la verdad. La verdad de que no fue un héroe. La verdad de que no fue un cobarde. La verdad de que fue un niño. Y que un niño no es responsable de los pecados de los adultos que le rodean, aunque esos adultos le hayan enseñado a pecar y aunque el pecado se le haya metido en los huesos como la sal del mar se mete en la madera de los barcos. Silver sobrevivió con cinismo. Ahab sobrevivió con locura. El Corsario sobrevivió con honor. Jim sobrevivió con culpa. Y de todas las formas de supervivencia, la culpa es la más pesada y la más solitaria y la más difícil de soltar. Pero esta noche, en este faro que se cae, Jim ha soltado un poco. No todo. Nunca todo. Pero un poco. Y un poco, en la economía del sufrimiento, es el tesoro más grande que un hombre puede encontrar. Más grande que el oro de Flint. Más grande que la ballena de Ahab. Más grande que la venganza del Corsario. Más grande que la astucia de Silver. Porque un poco de paz, en un mundo que no ofrece paz a nadie, es el único tesoro que no se puede robar, ni perder, ni enterrar en una isla, ni perseguir por el Pacífico, ni lavar con sangre. Es el tesoro que uno lleva dentro, en el hueco que Silver decía que no se podía llenar, y que resulta que sí se puede llenar, no con oro ni con venganza ni con teología, sino con la simple, modesta, imposible decisión de dejar de castigarse por haber sobrevivido.
(Cierra el cuaderno. Apaga la linterna. El faro se oscurece por última vez. La grieta del suelo se ensancha un milímetro más, imperceptiblemente, como una boca que susurra una despedida. Y en la oscuridad, el mar susurra. Y el susurro dice exactamente lo que Jim dijo que decía: “Ya puedes descansar, muchacho. Ya puedes descansar”. Y Don Desiderio, por primera vez en años, le hace caso. Se acuesta en el suelo del faro, junto a la grieta, con la cabeza apoyada en la mesa de caoba y los ojos cerrados y el cuaderno apretado contra el pecho como un niño que abraza un libro de aventuras que ya sabe que es mentira pero que sigue leyendo de todos modos porque la mentira, cuando está bien contada, es la forma más hermosa de la verdad. Y el mar susurra. Y el faro cruje. Y la grieta crece. Y en algún lugar de Bristol, un hombre de cuarenta y tantos años entra en su casa, se quita las botas, se acuesta junto a su esposa, cierra los ojos y, por primera vez en treinta años, no sueña con la muleta de Silver contra la cubierta del barco. Sueña con manzanas. Con manzanas rojas y dulces que saben a infancia y a inocencia y a un tiempo en que el mundo todavía no le había enseñado que las manzanas también pueden saber a miedo. Y en el sueño, las manzanas no están podridas. Y el barril no está cerrado. Y el niño sale del barril y camina hacia la cubierta y mira al mar y el mar le sonríe con la sonrisa de un padre que ha vuelto de un viaje muy largo y que le dice: “Tranquilo, muchacho. Ya estoy aquí. Ya no tienes que tener miedo”. Y el niño le cree. Y la mañana llega. Y el sol sale. Y el mar brilla. Y la aventura, por fin, ha terminado.)
JIM: Gracias.
DON DESIDERIO: Jim (se sirve un poco de ron). La pregunta que no te deja vivir es otra.
JIM: (queda petrificado en el dintel de la puerta del faro esperando por fin la pregunta que ya sabe que va a escuchar) ¿Cuál es esa pregunta?
DON DESIDERIO: ¿Qué habrías hecho si en lugar de tener mujer e hijos, tuvieras una sola pierna?
FIN.
