Han pasado dos años desde la última noche. El faro ha envejecido: la cal se desprende de las paredes como piel de leproso, la escalera de caracol cruje con cada ráfaga de viento como si los peldaños fueran las costillas de una ballena varada, y el haz de luz ya no barre la niebla con la regularidad de antes —ahora parpadea, se interrumpe, vuelve a encenderse con la terquedad de un corazón que se niega a detenerse pero que ya no recuerda por qué late.
Don Desiderio ha preparado la mesa de caoba con tres sillas, como la última vez. Pero esta noche hay algo distinto en el aire. Algo que huele a alquitrán y a grasa de ballena y a una electricidad que no viene de la tormenta que se anuncia en el horizonte sino de algo más antiguo, más profundo, más parecido a la cólera de un Dios que ha perdido la paciencia con sus criaturas.
Long John Silver llega primero, como siempre. La vieja muleta de madera: ahora tiene algunas inscripciones, y suena contra la madera con un golpeteo sordo y orgánico, como si la propia muerte caminara a su lado. Se sienta, abre la botella de ron que Don Desiderio ha dejado en el centro de la mesa y bebe sin esperar a nadie. Su rostro ha envejecido: las arrugas son más profundas, la barba más gris, los ojos más hundidos. Pero la sonrisa sigue ahí, indestructible, como una cicatriz que se niega a cerrarse.
El tercer invitado no sube por la escalera.
Se anuncia con un sonido que Don Desiderio no había previsto: un golpe seco, rítmico, devastador, que asciende desde la base del faro como el latido de un corazón subterráneo. No es una muleta. No es una pierna de madera. Es algo más duro, más blanco, más terrible. Es marfil. Marfil de cachalote, pulido por la sal y por la furia, y cada golpe contra la piedra del faro suena como un martillo contra un yunque, como una sentencia contra un reo, como la firma de un contrato que se escribió antes del nacimiento del mundo.
El Capitán Ahab aparece en la puerta y la habitación se encoge.
Es más alto de lo que Don Desiderio imaginaba. Más ancho de hombros. Su rostro es una cicatriz viviente: una línea blanca le cruza la frente, baja por la mejilla, se pierde en la barba gris como el rastro de un rayo que decidió quedarse a vivir en la piel en lugar de volver al cielo. Sus ojos son dos hornos abiertos, dos cráteres volcánicos donde arde un fuego que no consume oxígeno sino alma. Lleva la pata de marfil clavada en el muñón de la pierna derecha con una violencia que parece desafiar a la anatomía, y cuando camina hacia la mesa, el suelo del faro tiembla como la cubierta del Pequod en medio de un tifón.
Silver lo mira. Ahab lo mira. Los dos hombres se miran las piernas —la muleta de madera, la pata de marfil— y durante un instante que dura una eternidad, ninguno de los dos dice nada. El reconocimiento es instantáneo, visceral, casi obsceno: dos cojos en un faro, dos hombres a los que el mar les arrancó un pedazo de cuerpo y les dejó un abismo en su lugar.
DON DESIDERIO: (la voz le sale más débil de lo que esperaba; la presencia de Ahab tiene un peso físico, como si la gravedad se hubiera duplicado en la habitación) Capitán Ahab. Gracias por venir. Sé que el mar no le gusta dejarlo en tierra.
AHAB: (no se sienta; permanece de pie junto a la mesa, apoyado en su pata de marfil como un profeta apoyado en su báculo; cuando habla, su voz es un trueno que ha aprendido a susurrar, y eso lo hace más aterrador que cualquier grito) El mar no me deja, señor. Yo no vengo del mar. Yo soy el mar. O el mar soy yo. La distinción dejó de importarme hace mucho tiempo, cuando la Ballena me arrancó la pierna y yo le arranqué a todos su máscara. (Mira a Silver con una intensidad que haría arder la madera.) ¿Y quién es este? ¿Otro náufrago? ¿Otro mendigo del océano que viene a pedirle limosna a su faro?
SILVER: (no se inmuta; bebe un trago largo; la sonrisa se le ensancha con esa calma que solo tienen los hombres que han sobrevivido a cosas peores que la mirada de un loco) Long John Silver, capitán. Cocinero, pirata, filósofo de taberna y en alguna ocasión, también capitán, pero le aseguro que esta que no es mi pierna, de muchos peligros me ha salvado (ríe)… bueno, creo que es un buen motivo para brindar. (Levanta el vaso.) ¿Ron?
AHAB: (golpea la mesa con la pata de marfil; el ron salpica; la botella tiembla) ¡No bebo veneno de caña con hombres que navegan por conveniencia! Yo bebo la sangre de la ballena, que es el único licor que merece un hombre que ha visto la cara del peligro y ha escupido en él.
SILVER: (se encoge de hombros; la muleta repiquetea contra la silla) Más ron para mí, entonces. Don Desiderio, su invitado tiene un problema de modales, pero le reconozco que tiene estilo. Ese discurso sobre la sangre de ballena habría impresionado al mismísimo capitán Flint, y Flint no se impresionaba ni con un cañonazo en la entrepierna (carcajadas).
DON DESIDERIO: (golpea la mesa; esta vez con más fuerza que nunca, como si necesitara demostrar que él también existe en esta habitación de titanes) ¡Señores! No los he traído aquí para que compitan por ver quién tiene la metáfora más grande. Los he traído porque ustedes dos comparten algo que va más allá de la piratería, más allá del mar, más allá de la literatura incluso. (Señala sus piernas.) Los dos perdieron una pierna. Los dos fueron mutilados por la misma fuerza —el océano, el destino, la indiferencia cósmica, llámenla como quieran— y los dos respondieron de maneras tan radicalmente opuestas que me quitan el sueño desde hace meses. Silver, usted perdió la pierna en la Marina, al servicio de un rey que no sabía su nombre, y respondió con astucia, con supervivencia, con una adaptación que es casi biológica. Ahab, usted perdió la pierna ante Moby Dick, una ballena blanca que le arrancó la carne como quien arranca una página de un libro, y respondió con una obsesión que es casi teológica. La pregunta que quiero hacerles —y que quiero que se hagan el uno al otro, porque yo ya no soy suficiente interlocutor para ninguno de los dos— es esta: ¿la pierna que les falta es una herida o es una identidad?
(Silencio. El faro parpadea. La tormenta se acerca. A través de la ventana se ven los relámpagos iluminar el mar, que ruge mientras señala las lejanías de un ciclo que nunca termina.)
AHAB: (se sienta por fin; la silla gime bajo su peso como un barco bajo una ola; la pata de marfil queda vertical, rígida, como un hueso que se niega a ser enterrado) La pierna no es una herida. La pierna es una revelación. (La voz se le eleva, y de pronto ya no habla como un hombre sino como un coro de hombres, como si todas las tripulaciones que ha comandado hablaran a través de su garganta.) Cuando la Ballena me arrancó la pierna, yo vi lo que ningún hombre ha visto desde que Adán mordió la manzana: vi la verdad detrás de la máscara. Porque Moby Dick no es una ballena, señor Desiderio. No es un animal. No es carne y grasa y ámbar gris. Moby Dick es la pared. La pared blanca, lisa, impenetrable, detrás de la cual se esconde la fuerza ciega y estúpida que gobierna este mundo de manera espuria. Que es como la Nada, y la Nada ni siquiera te conoce. (Se inclina hacia Silver; sus ojos son dos pozos de alquitrán ardiendo.) ¿Usted perdió una pierna, señor Silver? ¿Y qué hizo? ¿Se compró una muleta y se puso a cocinar? ¿Se adaptó? ¿Se acomodó? ¡Eso es lo que hace un perro al que le cortan la cola! ¡Menea el trasero y sigue comiendo! Yo no me adapté. Yo declaré la guerra. A la ballena. A mi destino. A la pared. A todo lo que se interponga entre mi voluntad y el centro del universo. Y si para eso tengo que arrastrar a mi tripulación al infierno, lo haré. Porque el infierno, al menos, tiene un centro. Y el centro, al menos, se puede atravesar con un arpón.
SILVER: (lo escucha con una atención inusual; la sonrisa se le ha borrado del rostro, y sin la sonrisa su cara es la de un hombre viejo y cansado que ha visto demasiadas tormentas para impresionarse con una más) Bonito discurso, capitán. Muy bonito. De los que te ponen la piel de gallina y te hacen querer desenvainar una espada que no tienes. (Pausa. Bebe. Deja el vaso sobre la mesa con una delicadeza que contrasta con la violencia de Ahab.) Pero le voy a decir una cosa, y se la digo con todo el respeto que me merece un hombre que tiene los huevos de declararle la guerra al mundo, que es más de lo que yo haría porque yo ni siquiera creo que nada de eso exista y declararle la guerra a algo que no existe me parece una pérdida de munición. (Se inclina hacia Ahab; sus ojos, por primera vez, no tienen humor ni ironía sino una gravedad nada usual en él.) Usted dice que la ballena es la pared. Que detrás de la pared está la verdad. Que si atraviesa la pared con su arpón, encontrará la respuesta a todo: al sufrimiento, a la pierna, a la muerte de sus hombres, al silencio de Dios. ¿Verdad?
AHAB: (asiente con un movimiento de cabeza que parece un hachazo) La verdad está detrás de la pared. Y la pared es blanca. Y yo la atravesaré.
SILVER: ¿Y si no hay nada detrás?
(La pregunta cae en la habitación como una bomba. Ahab se queda inmóvil. La pata de marfil tiembla contra el suelo. El faro parpadea dos veces y se apaga durante tres segundos que parecen tres siglos.)
AHAB: (la voz le sale de lo más profundo del pecho, de un lugar que está por debajo de los pulmones y por encima del alma) ¿Qué ha dicho?
SILVER: (no retrocede; su voz es tranquila, casi suave, la voz de un hombre que ha pasado cuarenta años mintiendo y que ahora, por primera vez, dice la verdad más peligrosa de su vida) Le pregunto qué pasa si detrás de la pared blanca no hay nada. Ni Dios, ni diablo, ni Nada con mayúsculas. Nada con minúsculas. Vacío. El mismo vacío del que hablé con el italiano la última vez que estuve en este faro, pero multiplicado por mil. ¿Qué pasa si Moby Dick es solo una ballena, capitán? Una ballena grande, blanca, vieja y estúpida que le arrancó la pierna porque usted estaba en su camino y las ballenas no piden permiso. ¿Qué pasa si su cruzada, su guerra santa, su arpón bendecido en la sangre de la tripulación, todo eso, es simplemente un hombre cojo persiguiendo a un animal que ni siquiera sabe que existe?
AHAB: (se levanta de un golpe; la silla sale disparada contra la pared y se astilla; la pata de marfil golpea el suelo con una fuerza que agrieta la madera; su rostro es una máscara de furia bíblica, la furia de un hombre que sabe que toda su vida se ha perdido y no hay marcha atrás) ¡BLASFEMIA! ¡Usted no sabe lo que dice, cocinero de pacotilla! ¡Usted, que ha pasado su vida contando monedas en tabernas de Bristol, se atreve a decirme que la Ballena es solo un animal! ¡La Ballena es el mal encarnado! ¡La Ballena es la máscara de la creación! ¡La Ballena es la prueba viviente de que el universo no es indiferente sino hostil, activamente hostil, y que detrás de esa hostilidad hay una inteligencia, una voluntad, una mente que decidió arrancarme la pierna como un niño arranca las patas de una mosca! ¡Y yo la encontraré! ¡Y la mataré! ¡Y cuando mi arpón le atraviese el corazón, el universo entero temblará porque sabrá que un hombre, UN SOLO HOMBRE, tuvo el coraje de mirarla a la cara y escupirle!
SILVER: (no se ha movido; la muleta de hueso descansa contra su hombro; su voz es un susurro que corta más que cualquier grito) Y cuando la mate, ¿qué?
AHAB: (se detiene; la furia se le congela en el rostro como lava que se enfría de golpe) ¿Cómo dice?
SILVER: Cuando la mate. Cuando su arpón le atraviese el corazón a Moby Dick y la ballena blanca flote muerta en el Pacífico con su sangre tiñendo el mar de rojo durante cien millas a la redonda. ¿Qué hará usted al día siguiente? ¿A la mañana siguiente? ¿Cuando se despierte en la cubierta del Pequod y mire al horizonte y ya no haya una ballena blanca que perseguir? ¿Qué hará con su pata de marfil, con su furia, con su guerra contra Dios, cuando Dios ya no tenga cara de ballena? (Pausa. La tormenta estalla afuera; un relámpago ilumina la habitación y durante un instante los tres hombres parecen estatuas de sal.) Yo encontré mi tesoro, capitán Ahab. Setecientas mil libras en oro. Y el día después de encontrarlo fue el día más triste de mi vida. Porque el tesoro era el final de la búsqueda, y la búsqueda era lo único que me mantenía vivo. Usted está persiguiendo a su ballena con la misma hambre con la que yo perseguía mi oro. Y le aseguro, con la autoridad de un hombre que ya llegó al final del mapa y descubrió que el mapa era circular, que cuando atrape a su ballena, el vacío que sentirá será más grande que su océano Pacífico entero y más pesado que los mares del sur sobre su espalda. Y no habrá otro arpón que lo llene.
AHAB: (la voz le tiembla; no de furia, sino de algo más terrible que la furia: de reconocimiento) Usted… (Se sienta lentamente sobre los restos de la silla astillada; la pata de marfil se clava en la madera del suelo como una estaca.) Usted habla como un hombre que ya ha muerto.
SILVER: Hablo como un hombre que ya ha llegado, pero que ahora ve el peligro real y eterno. Un peligro que al parecer usted ya ha aceptado, y eso, francamente me hiela la sangre.
AHAB: (cierra los ojos; cuando los abre, el fuego sigue ahí, pero ahora arde hacia adentro, como una hoguera que se consume a sí misma) Yo no llegaré, señor Silver. Y esa es la diferencia entre usted y yo. Usted encontró su tesoro y sobrevivió para contar la historia en un faro con un periodista y una botella de ron. Yo no sobreviviré. Lo sé. Lo he sabido desde el día en que clavé el doblón de oro en el mástil del Pequod y les dije a mis hombres que el primer hombre que avistara a la Ballena se ganaría esa moneda. Yo no busco la ballena para matarla y volver a casa. Yo busco la ballena para morir en el intento. Porque la muerte en la caza es la única muerte que tiene sentido. Morir en una cama, como un burgués de Nantucket, rodeado de nietos y de sábanas limpias, sería la verdadera blasfemia. Morir enredado en la línea del arpón, arrastrado al fondo del mar por la Ballena blanca, con la sal en los ojos y la sangre en la boca y el nombre de Dios en los labios como una maldición… (La voz se le quiebra; por un instante, un solo instante, el Capitán Ahab no es un titán sino un hombre viejo y roto que ha perdido demasiado y que sabe que va a perder lo poco que le queda.) …esa es la muerte que merezco. Y la muerte que elijo.
DON DESIDERIO: (escribe con una mano que le tiembla; la tinta se corre sobre el papel como lágrimas negras) Capitán Ahab. Usted habla de la muerte como si fuera un destino. Pero la muerte no es un destino. Moby Dick no le arrancó la pierna porque el universo sea hostil. Se la arrancó porque las ballenas muerden cuando están heridas y usted tuvo la mala suerte de estar cerca. Convertir un accidente en una cruzada es… (busca la palabra; la encuentra; la pronuncia con una mezcla de sorpresa y de horror) … digno de lástima. La vida me ha llevado por caminos donde he conocido y a veces convivido más de lo que quisiera con muchos mutilados. Víctimas de la guerra y del mar, pero hasta hoy, ninguno de ellos había convertido su mutilación en una teología, y su teología en condenación.
AHAB: (lo mira con una calma que es más aterradora que su furia) ¿Mala suerte, dice usted? ¿Un simple accidente? ¡Habla usted como un hombre que mide el universo con la regla de un tendero, Don Desiderio! Mirar la mutilación de mi cuerpo y ver solo carne rota y el azar de un mordisco es la verdadera ceguera. Los hombres como usted caminan por el mundo protegidos por la mediocridad de sus vidas, llamando “accidente” a lo que no se atreven a mirar de frente. Usted ha conocido mutilados, sí. Hombres que lloran sus miembros perdidos y se conforman con las migajas de compasión que les arroja la existencia. Pero yo no soy uno de esos mendigos de lástima. Si esa ballena fuera solo un animal, un bloque de grasa ciega flotando en el océano, entonces este dolor no tendría sentido. ¡Y yo me niego a aceptar un universo sin sentido! Esa ballena blanca es la muralla que tengo enfrente. Detrás de ella no hay el vacío; hay una voluntad inescrutable, una fuerza que se burla del hombre y lo aplasta por el puro placer de demostrar su omnipotencia. Moby Dick es la máscara de esa tiranía cósmica. Al clavar mi arpón en su lomo, no busco vengar la carne; busco rasgar la máscara. Prefiero estar condenado por desafiar ese poder, que vivir a salvo siendo una víctima silenciosa del azar. Si mi teología es condenación, ¡que así sea! Pero será una condenación firmada con mi propia mano, no una impuesta por la “mala suerte”. (Se vuelve; el relámpago le ilumina la cicatriz del rostro y durante un instante parece un ángel caído, un demonio del mar, un Prometeo encadenado a su propia obsesión.) Y usted, señor Silver, con su pragmatismo de cocinero y su filosofía de taberna, usted es el más digno de lástima de todos. Porque usted ha visto el vacío y ha decidido decorarlo. ¡Decorarlo! ¡Como si el vacío fuera una sala de estar que necesita cortinas y un jarrón con flores! Yo al menos tengo el coraje de mirar al vacío y llamarlo por su nombre: ENEMIGO. Usted lo llama “condición humana” y se sirve otro ron. ¿Quién es más patético? ¿El hombre que lucha contra el abismo o el hombre que se sienta al borde del abismo y dice “bueno, al menos la vista es bonita”?
SILVER: (la muleta de hueso golpea la mesa con un sonido seco; por primera vez en toda la noche, su voz pierde la calma y se le quiebra como una tabla de roble bajo demasiada presión) ¡No se atreva a llamarme cobarde, Ahab! ¡Usted no me conoce! ¡Usted no sabe lo que he hecho para sobrevivir! ¡Yo he matado hombres con mis propias manos en la cubierta del Hispaniola mientras el muchacho me miraba con esos ojos de cordero degollado! ¡Yo he traicionado a mis amigos, a mi capitán, a mi propia tripulación, no por honor ni por venganza ni por ninguna de sus malditas cruzadas teológicas, sino porque la alternativa era MORIR, y yo no quiero morir, Ahab, ¿me oye?, ¡NO QUIERO MORIR! (Se pone de pie; la muleta de hueso tiembla en su mano; su rostro está descompuesto, desnudo, despojado de todas las máscaras que ha llevado durante cuarenta años de piratería.) ¡Usted tiene el lujo de querer morir porque su obsesión le da un final grandioso! ¡Usted morirá en el Pacífico, enredado en su arpón, y los poetas escribirán sobre usted durante siglos! ¡Pero yo no! ¡Yo moriré en una cama de Bristol, cojo, viejo, borracho, con un loro disecado en la repisa y nadie escribirá sobre mí porque mi historia no tiene la grandeza trágica que a los poetas les gusta! ¡Mi historia es la historia de un hombre que sobrevivió, y la supervivencia, capitán Ahab, no es épica! ¡La supervivencia la mayoría de las veces no es ni limpia ni hermosa! ¡Es sucia! ¡Es despertarse cada mañana con el muñón doliéndote y la conciencia mordiéndote y el vacío ahí, en el centro del pecho, como un agujero de bala que no cicatriza! ¡Y sin embargo me levanto! ¡Me levanto cada maldita mañana y me pongo la muleta y bajo las escaleras y pido ron y miento y sonrío y sigo vivo! ¿Y usted me llama cobarde? ¡Usted, que ha elegido la salida fácil de la muerte heroica! Escúcheme bien capitán, el cobarde es usted. Usted es el dolor humano buscando desesperadamente convertirse en un mito para no aceptar su propia insignificancia. Y eso capitán, es la mayor de las cobardías que jamás haya podido apreciar en un… hombre.
(El silencio que sigue es el silencio más largo de la noche. La tormenta ruge afuera como si el propio Moby Dick estuviera nadando bajo el faro. La pata de marfil de Ahab está clavada en el suelo como una lanza. La muleta de hueso de Silver tiembla en su mano como un diapasón. Don Desiderio ha dejado de escribir. Su cuaderno está abierto sobre la mesa, la pluma suspendida en el aire, la tinta goteando sobre la página como una herida que no sabe que está sangrando.)
AHAB: (cuando habla, su voz ha cambiado; ya no es un trueno sino un murmullo, el murmullo de un hombre que ha escuchado una verdad que no quería escuchar y que ahora no puede devolver) Usted… (Se sienta. La pata de marfil deja de golpear el suelo. Las manos, que hasta ahora habían estado cerradas en puños, se abren lentamente sobre la mesa como dos flores de hierro que se marchitan.) Usted tiene razón en una cosa, Silver. Yo moriré. Lo sé desde el principio. Starbuck me lo dijo. Me lo dijo con esos ojos de cuáquero que parecían dos vitrales de iglesia. “Capitán”, me dijo, “la venganza contra un bruto irracional es una blasfemia”. Y yo le respondí que la ballena no era un bruto sino un agente, un principio, una máscara. Pero Starbuck tenía razón. (Pausa. El faro se apaga durante cinco segundos. Cuando vuelve a encenderse, el rostro de Ahab es el de un hombre que ha envejecido diez años en diez segundos.) Starbuck siempre tenía razón. Y eso es lo que más odio de él. Porque si Starbuck tiene razón, entonces yo no soy un héroe trágico. Soy un viejo loco que reta a su Creador, con una pata de marfil que está arrastrando a treinta hombres a la muerte por una ofensa personal. Y la ofensa personal, por mucho que la vista con teología y con discursos sobre la pared blanca, sigue siendo personal. Moby Dick me arrancó la pierna. A MÍ. No al universo. No a la humanidad. A mí. Y yo he convertido mi mutilación en una religión porque la alternativa era admitir que soy simplemente un hombre cojo que tiene miedo de morir en una cama.
SILVER: (se sienta lentamente; la muleta de madera cae al suelo con un sonido suave, casi tierno; su voz es la de un hombre que ha cruzado una frontera y ya no puede volver) Ahí está, capitán. Ahí está la verdad. Y duele más que la pierna, ¿verdad? (Levanta la botella de ron; queda un dedo de líquido en el fondo; lo vierte en dos vasos: uno para él, uno para Ahab. Empuja el vaso de Ahab por la mesa con la punta de la muleta.) Beba. No es sangre de ballena, pero quema igual.
AHAB: (mira el vaso; lo mira durante un tiempo que parece una estación entera; luego lo toma con una mano que le tiembla y bebe de un trago; cuando baja el vaso, sus ojos están húmedos, y en un hombre como Ahab, solo un poco de humedad en los ojos podría ser suficiente) Sabe a ron barato.
SILVER: Todo sabe a ron barato cuando uno deja de fingir que es un buen coñac.
DON DESIDERIO: (retoma la pluma; escribe una sola línea en el cuaderno; luego levanta la vista y mira a los dos hombres con una expresión que es mitad asombro, mitad duelo) Señores. Permítanme una última pregunta. Una pregunta que no estaba en mi guion, que no tenía prevista, que me acaba de nacer en la garganta como un reflujo de lucidez. (Se inclina sobre la mesa; la luz del faro le ilumina el rostro desde abajo, dándole el aspecto de un inquisidor o de un confesor.) Los dos perdieron una pierna. Los dos fueron mutilados por el mar. Los dos respondieron de maneras opuestas: Silver con la supervivencia, Ahab con la inmolación. Pero los dos, en el fondo, están haciendo exactamente lo mismo. Los dos están intentando que la mutilación signifique algo. Silver la convierte en pragmatismo, en una filosofía de la adaptación que le permite decir “el vacío es la condición humana” y sentirse, de algún modo, justificado. Ahab la convierte en teología, en una guerra contra Dios que le permite decir “la ballena es el mal” y sentirse, de algún modo, elegido. Pero la pierna, señores, la pierna no significa nada. La pierna es un pedazo de carne que ya no está. Y la pregunta que les hago es: ¿qué pasaría si dejaran de intentar llenar el hueco de la pierna con filosofías y con teologías? ¿Qué pasaría si simplemente… cojearan?
(Otro silencio. Más largo que todos los anteriores. La tormenta amaina afuera, como si el cielo también estuviera escuchando. El faro deja de parpadear y su haz de luz se vuelve constante, firme, casi sereno, como si la linterna hubiera encontrado por fin su ritmo después de años de arritmia.)
SILVER: (sonríe; pero la sonrisa ya no es una máscara ni una armadura sino algo más frágil, más humano, más parecido a la sonrisa de un joven que aún tiene ilusión) Simplemente cojear. (Repite las palabras como si las saboreara.) ¿Sabe, Don Desiderio? En cuarenta años de piratería, nadie me ha dicho algo tan simple ni tan imposible. Porque cojear sin más, cojear sin convertir la cojera en una historia, requiere una humildad que yo no tengo. Yo necesito que mi cojera sea una metáfora. Necesito que signifique algo. Porque si no significa nada, entonces perdí la pierna por nada. Y perder una pierna por nada es… (La voz se le apaga. Mira su muleta en el suelo. La mira como si la viera por primera vez.) …es insoportable.
AHAB: (asiente lentamente; la pata de marfil ya no golpea el suelo; descansa inmóvil, blanca, terrible, como un hueso de santo en una reliquia) Y sin embargo, Silver, tal vez el viejo periodista tenga razón. Tal vez la ballena sea solo una ballena. Tal vez la pared blanca no tenga nada detrás. Tal vez yo esté persiguiendo a un animal de ochenta toneladas por el Pacífico porque no tengo el valor de volver a Nantucket y mirar a mi mujer a los ojos y decirle que su marido es un cojo que tiene miedo de la cama vacía. (Cierra los ojos. Cuando los abre, el fuego sigue ahí, pero ahora es un fuego diferente: no el fuego de la obsesión sino el fuego de la lucidez, que es más caliente y más breve y más doloroso que cualquier incendio.) Pero no puedo parar, Don Desiderio. Aunque sepa que la ballena es solo una ballena, no puedo parar. Porque parar sería admitir que los últimos diez años de mi vida han sido un error. Y un hombre puede sobrevivir a la mutilación, a la locura, a la muerte de su tripulación. Pero no puede sobrevivir a la certeza de que ha desperdiciado su vida. No puede sobrevivir a la cólera de Dios Así que seguiré navegando. Seguiré persiguiendo a la Ballena. Y cuando la encuentre, y la encontraré, clavaré mi arpón en su costado blanco aunque el arpón me arrastre a mí también al fondo del mar. Porque al menos en ese momento, en ese último momento, la ballena y yo seremos lo mismo: dos animales heridos que se arrastran mutuamente hacia la muerte. Y eso, señor Desiderio, eso es lo más parecido a la verdad que un hombre como yo puede alcanzar.
DON DESIDERIO: (cierra el cuaderno; el sonido es suave esta vez, no definitivo sino compasivo, como quien cierra los ojos de un muerto) Señores. La noche se acaba. La tormenta ha pasado. El mar está en calma, lo cual es la forma más sospechosa que tiene el mar de decirte que todavía no ha terminado contigo. (Se levanta. Camina hasta la ventana. El cielo se está aclarando; las primeras luces del amanecer tiñen el horizonte de un rosa pálido que parece una herida que empieza a cicatrizar.) No hay conclusión para esta entrevista. No puede haberla. Porque ustedes dos son la prueba viviente de que la vida no tiene conclusión. Tiene mutilaciones. Tiene obsesiones. Tiene tesoros que no llenan nada y ballenas que no significan nada y faros que se apagan y se encienden sin que nadie les pregunte por qué. (Se vuelve. Sus ojos están húmedos, y Don Desiderio no es un hombre que llore, pero esta noche las reglas se han suspendido.) Les agradezco que hayan venido. Les agradezco que hayan sangrado en mi mesa. Y les pido disculpas por haberles hecho preguntas que no tienen respuesta, porque un entrevistador que hace preguntas con respuesta no es un entrevistador sino un fiscal.
SILVER: (se levanta; recoge su muleta; la apoya contra el hombro con un gesto que es casi un abrazo; camina hacia la escalera; en el umbral se detiene y se vuelve hacia Ahab) Capitán. Una última cosa. Cuando encuentre a su ballena… y la encontrará, porque usted es el tipo de hombre que encuentra lo que busca aunque lo que busque lo mate… cuando la encuentre, mírela bien a los ojos antes de clavarle el arpón. Mírela bien. Y si ve en sus ojos lo que yo creo que va a ver, que es simplemente el reflejo de su propia cara, entonces sabrá que la ballena nunca fue el enemigo. El enemigo siempre fue el espejo. (Sonríe. La sonrisa es triste, vieja, definitiva.) Buen viaje, Ahab. Y que el mar sea más misericordioso con usted de lo que fue conmigo.
AHAB: (no se levanta; permanece sentado entre los restos de la silla astillada, con la pata de marfil clavada en el suelo y las manos abiertas sobre la mesa como dos mapas vacíos; cuando habla, su voz es un susurro que el viento casi se lleva) Silver. (Pausa.) Si yo fuera usted, habría sobrevivido. Y si usted fuera yo, habría muerto. Y los dos habríamos sido más felices. Pero no somos el otro. Nunca lo seremos. Y esa es la última broma del universo: que nos dio las piernas equivocadas, las vidas equivocadas, las mutilaciones equivocadas. Y sin embargo, aquí estamos. Dos cojos en un faro, bebiendo ron barato, hablando con un periodista que tiene más preguntas que respuestas. (Levanta el vaso vacío en un brindis silencioso.) Por la pierna que nos falta, Silver. Y por el mar que nos la quitó. Y por la ballena que todavía no he matado pero que ya me ha matado a mí.
SILVER: (levanta su vaso; los dos vasos chocan en el aire con un sonido cristalino que es lo más parecido a una campana de iglesia que ha sonado en este faro) Por la ballena, Ahab. Que Dios la tenga en su gloria, y si es que la ballena necesita gloria, y si es que algo de esto tiene sentido, que no lo tiene, pero qué demonios, brindemos igual.
(Silver baja la escalera. La vieja muleta golpea cada peldaño con una cadencia que pareciera que más bien está remando. Ahab permanece en la habitación un momento más. Mira la grieta que su pata de marfil dejó en el suelo del faro. La toca con la yema del dedo. Luego se levanta, se ajusta la capa —que no es negra como la del Corsario sino gris, del color de la niebla y de la ceniza y de la piel de una ballena muerta— y camina hacia la puerta. En el umbral se detiene. No se vuelve. Pero habla.)
AHAB: Don Desiderio.
DON DESIDERIO: ¿Sí, capitán?
AHAB: Su faro tiene una grieta en la base. La vi al subir. No es grande todavía, pero el mar la ensanchará. En un año, quizás dos, el faro caerá. (Pausa.) No lo digo para asustarlo. Lo digo porque los faros y los hombres somos lo mismo: estructuras verticales que el mar horizontal terminará derribando. La única diferencia es que el faro no sabe que va a caer. Y el hombre sí. Y ese conocimiento, señor Desiderio, ese conocimiento es lo que nos hace más trágicos que cualquier faro y más ridículos que cualquier ballena.
(Sale. La pata de marfil golpea la escalera. El sonido se aleja, se pierde, se funde con el rumor del mar que ha vuelto a rugir con su paciencia de eternidad. Don Desiderio se queda solo en la habitación circular. Mira la grieta en el suelo. Mira la silla astillada. Mira los dos vasos vacíos y la botella de ron que ya no tiene nada que ofrecer. Luego sube a la linterna del faro, ajusta el mecanismo, y el haz de luz vuelve a barrer el mar con su regularidad de metrónomo. Abajo, en la oscuridad, dos figuras cojean en direcciones opuestas: una hacia Bristol, hacia la taberna, hacia la supervivencia cotidiana y sin gloria; otra hacia Nantucket, hacia el Pequod, hacia la ballena blanca que lo espera en el Pacífico con la indiferencia monumental de un animal que no sabe que es un símbolo. Y entre las dos figuras, el mar. Siempre el mar. El mismo mar que les quitó la pierna, el mismo mar que les dio una historia, el mismo mar que un día los tragará a los dos y no recordará sus nombres ni sus venganzas ni sus tesoros ni sus huecos ni sus preguntas, porque el mar no tiene memoria, y la falta de memoria, si uno lo piensa bien, es la forma más pura de misericordia.)
DON DESIDERIO: (escribiendo en su cuaderno, a la luz del faro, con la mano izquierda porque la derecha le tiembla demasiado) Nota final: esta noche he aprendido que la piratería y la obsesión son dos dialectos del mismo idioma. Que la pierna que falta es más presente que la pierna que queda. Que Silver y Ahab son el mismo hombre en dos momentos distintos de la misma caída: Silver es el hombre que ya tocó fondo y descubrió que el fondo también tiene un sótano y solo espera misericordia; Ahab es el hombre que todavía está cayendo y que ha decidido que la caída es un vuelo. Y yo, Don Desiderio, el hombre que hace preguntas en un faro que se está cayendo, soy el testigo. El testigo inútil, el testigo cojo de su propia cojera, el hombre que documenta el naufragio de otros porque no tiene el valor de naufragar él mismo. (Pausa. Mira la grieta del suelo. La grieta es más larga que hace un momento. O quizás es la misma y él la ve más larga porque ahora sabe que existe.) El faro caerá. Ahab morirá. Silver sobrevivirá. Y yo seguiré aquí, haciendo entrevistas a fantasmas, esperando que la próxima pregunta sea la definitiva, sabiendo que no lo será, y encontrando en esa certeza la única forma de paz que un hombre como yo puede permitirse: la paz del que sabe que no hay respuesta y decide seguir preguntando de todos modos, no porque espere encontrar la verdad, sino porque la pregunta es lo único que lo mantiene en la superficie de un mar que lleva siglos intentando tragarlo.
(Cierra el cuaderno. Apaga la linterna. El faro se oscurece. La grieta en el suelo se ensancha imperceptiblemente, como una boca que se abre para decir algo que tardará años en pronunciarse. Y en la oscuridad, el mar ruge. Y en el rugido, si uno escucha con suficiente atención, se oye el golpe de una pata de marfil, el repiqueteo de una muleta de hueso, y el susurro de una ballena blanca que nada en círculos bajo la superficie del Pacífico, esperando, con la paciencia infinita de quien sabe que todos los arpones terminan volviendo contra quien los lanzó, y que todos los tesoros terminan en el fondo del mar, y que todos los faros terminan cayendo, y que la única victoria posible contra el océano es aprender a flotar en la oscuridad sin esperar que amanezca.)
