Long John Silver: la duda pesa más que la lealtad (entrevista)

Don Desiderio recibe a Long John Silver en una habitación circular, en lo alto de un faro que ya no alumbra a ningún barco. La mesa es de roble oscuro, manchada de salitre. Entre ambos, una botella de ron jamaicano sin abrir y dos vasos que nadie ha tocado. Afuera, la niebla devora el mar. Silver entra apoyado en su muleta; cada golpe contra la madera del suelo suena como un disparo contenido. Don Desiderio no se levanta. Nunca se levanta.

DON DESIDERIO: (sin alzar la vista de un cuaderno que no escribe) Siéntese, señor Silver. O como prefiera acomodarse. Imagino que la silla le resulta un territorio más hostil que la cubierta de un bergantín.

LONG JOHN SILVER: (sonríe con esa sonrisa que le ocupa toda la cara y ninguna parte del alma) Capitán Silver, si no le importa, señor mío. Y la silla me trata bien, gracias. He dormido en sitios peores que su faro. Aunque le confieso que la escalera de caracol ha sido una pequeña negociación entre mi muleta y mi orgullo. (Se sienta con un crujido de madera y hueso. Deja la muleta contra la pared, pero al alcance de la mano.) Bonito lugar. Solitario. El tipo de sitio donde un hombre puede gritar y nadie acude. ¿Esa fue la idea?

DON DESIDERIO: La idea fue la acústica. Las mentiras suenan distinto en una habitación redonda. Rebotan. Se delatan.

SILVER: (ríe, pero la risa se le corta a mitad de camino) Vaya. Usted es de los que van directo a la yugular. Me gusta. Los hombres que andan con rodeos suelen terminar con un cuchillo entre las costillas, y no siempre el cuchillo es de otro.

DON DESIDERIO: (por fin lo mira; sus ojos son dos pozos de agua estancada) Hablemos del Hispaniola, capitán. Hablemos del momento exacto en que usted decidió que todos los hombres a bordo eran cadáveres que todavía no sabían que estaban muertos. ¿Hubo un instante preciso? ¿Un amanecer, quizá? ¿El olor del café en la cocina de a bordo mientras afilaba usted su intención como quien afila un cuchillo de trinchar?

SILVER: (tamborilea los dedos sobre la mesa; el sonido es irregular, como un código) Usted habla de la traición como si fuera un acto. Un relámpago. Pero no lo es, señor Desiderio. La traición es un clima. Se instala despacio. Uno amanece leal y se acuesta leal, y al día siguiente amanece leal pero con una duda, y la duda pesa más que la lealtad, y al tercer día la lealtad ya es un traje que no le queda a uno. No hubo un instante. Hubo una temporada. Como la fiebre.

DON DESIDERIO: Hermosa metáfora. Falsa, pero hermosa. Usted planificó el motín durante meses en Bristol. Reclutó a sus hombres uno por uno, en tabernas que olían a sebo y a desesperación. No hubo fiebre. Hubo contabilidad.

SILVER: (la sonrisa se le endurece; los ojos se le estrechan como los de un gato que ha dejado de jugar) Usted ha hecho sus deberes. Bien. Entonces sabrá también que la contabilidad es la forma más honesta de la crueldad. Yo no engañé a nadie que no estuviera ya dispuesto a ser engañado. Cada hombre que recluté llevaba su propio motín dentro, como un gusano dentro de una manzana. Yo solo les di la manzana. ¿Eso me hace culpable o me hace generoso?

DON DESIDERIO: Me hace preguntarme si usted alguna vez ha sentido algo que no sea cálculo. ¿Amó a alguien, Silver? Y no me refiero a su loro.

SILVER: (un silencio largo; por primera vez su mano se aleja de la muleta y busca el vaso vacío, que gira entre los dedos) Amé a una mujer en Bristol. Tenía las manos negras de tinta porque copiaba mapas para la Compañía de las Indias. Olía a pergamino y a lavanda. (Pausa.) La dejé una mañana sin despedirme. Le dejé dinero. Mucho dinero. Más del que ella habría ganado copiando mapas durante tres vidas.

DON DESIDERIO: ¿Y eso le parece amor?

SILVER: Le parece a usted que el amor es quedarse. A mí me parece que el amor es irse antes de que el otro descubra quién eres realmente. Yo le ahorré a esa mujer el conocimiento de mi naturaleza. Eso es piedad. Y la piedad, señor Desiderio, es la forma más cara del amor.

DON DESIDERIO: (escribe algo en su cuaderno; la pluma rasga el papel con violencia) Piedad. Qué palabra tan elástica en su boca. Hablemos entonces de piedad. Hablemos del hombre al que mató frente a la empalizada de la isla. Tom Redruth, creo. O fue a otro. Da igual. Los nombres de los muertos se le amontonan a uno como la arena en los zapatos. ¿Sintió piedad cuando le disparó?

SILVER: (la voz se le vuelve grave, casi geológica) Sentí necesidad. Que es la prima hermana de la piedad y la hermana legítima del hambre. Ese hombre estaba entre yo y lo que yo necesitaba para sobrevivir. ¿Usted ha tenido hambre alguna vez, Don Desiderio? No hambre de pan. Hambre de futuro. Hambre de no terminar sus días pidiendo limosna en un muelle con una pierna de menos y un loro que repite las mismas tres obscenidades. Esa hambre no tiene moral. Tiene dientes.

DON DESIDERIO: Y sin embargo, dejó vivir al muchacho. A Jim Hawkins. Eso no encaja en su contabilidad, capitán. Un testigo vivo es un error contable. ¿Por qué?

SILVER: (se inclina hacia adelante; la muleta cae al suelo con un estrépito seco, pero él no se agacha a recogerla) Porque Jim me miraba como si yo todavía pudiera ser salvado. Y un hombre que lleva cuarenta años siendo un monstruo, de pronto, un muchacho de catorce lo mira y ve algo más. ¿Sabe lo que es eso? Es aterrador. Es más aterrador que una tormenta en el Caribe. Porque si el muchacho tiene razón, entonces todo lo que he hecho es imperdonable. Y si no la tiene, entonces soy simplemente un pirata viejo y cojo que se engañó a sí mismo. Ninguna de las dos opciones me permite dormir.

DON DESIDERIO: (por primera vez su voz tiembla, apenas, como una vela en una corriente de aire) ¿Y duerme usted, Silver?

SILVER: (vuelve a recostarse; la máscara de amabilidad regresa a su rostro como una marea) Duermo como un bebé. Un bebé que ha visto cosas que ningún bebé debería ver, pero un bebé al fin. El ron ayuda. La oscuridad ayuda. Y el sonido del mar, que es el único ser vivo que no me juzga porque el mar también tiene cadáveres en su contabilidad.

DON DESIDERIO: Hablemos del tesoro.

SILVER: (suelta una carcajada breve, amarga) Ah. El tesoro. La palabra mágica. El anzuelo dorado. Usted quiere saber si lo encontré, si lo gasté, si me arrepiento.

DON DESIDERIO: Quiero saber si el tesoro existió alguna vez fuera de la imaginación de un muerto. Flint dibujó un mapa, sí. Pero Flint estaba loco de sífilis y de rum cuando lo dibujó. ¿No se le ocurrió nunca que el mapa era la última broma de un moribundo?

SILVER: (el rostro se le descompone por un instante; una grieta en la porcelana) No. (Rotundo.) El tesoro existía. Yo lo vi. Yo lo conté. Setecientas mil libras en lingotes, monedas y barras de oro. Lo vi con estos ojos que ahora me miran a usted con más paciencia de la que merecen. Flint no estaba loco cuando enterró eso. Estaba sobrio. Flint solo estaba loco cuando no bebía, y ese día, por alguna maldita razón, no había bebido.

DON DESIDERIO: ¿Y dónde está ahora?

SILVER: (sonríe; la sonrisa es un abismo) En todas partes y en ninguna. Un poco en Bristol. Un poco en una isla que no aparece en ningún mapa porque yo me aseguré de que no apareciera. Un poco en el fondo del mar, donde el oro brilla para los peces que no saben lo que vale. Y un poco, señor Desiderio, en esta conversación. Porque usted me está preguntando por el tesoro con la misma hambre con la que yo preguntaba hace treinta años. Y eso me dice que el verdadero tesoro de Flint no era el oro. Era la codicia. La codicia que sobreviviría a su muerte, a su mapa, a su isla. La codicia que ahora mismo le está haciendo a usted inclinarse hacia adelante en su silla, con los ojos brillantes, esperando que yo le diga dónde cavó.

DON DESIDERIO: (se recuesta lentamente; ha sido descubierto y lo sabe) Usted es un hombre peligroso, Silver.

SILVER: Y usted es un hombre curioso, que es la forma más elegante de ser imprudente. Los curiosos terminan como los gatos, señor mío. Y los gatos, al menos, tienen siete vidas. Usted solo tiene una, y la está gastando en un faro apagado con un pirata que no tiene nada que perder.

DON DESIDERIO: (abre la botella de ron; el sonido del corcho es un suspiro) ¿Quiere un vaso?

SILVER: ¿Es una ofrenda de paz o un intento de emborracharme para que confiese algo más?

DON DESIDERIO: Es un reconocimiento. Usted ha ganado esta ronda. Y cuando un hombre como yo reconoce que ha perdido, ofrece ron. Es lo más parecido a la humildad que mi naturaleza permite.

SILVER: (acepta el vaso; bebe con los ojos cerrados; cuando los abre, son los ojos de un hombre que ha visto el fondo del mundo y ha vuelto) Bueno. Entonces le diré una cosa que no le he dicho a nadie, Don Desiderio. Ni a Jim, ni a mi mujer, ni a mi loro, que era el único ser vivo que me escuchaba sin juzgarme. (Se inclina sobre la mesa; su aliento huele a ron y a sal y a algo más antiguo, algo que huele a madera podrida y a sangre seca.) El verdadero tesoro no estaba en la isla. El verdadero tesoro era la travesía. No por la aventura, no me venga con romanticismos de poeta. Sino porque durante la travesía yo era alguien. Era el cocinero, el líder, el estratega, el monstruo, el padre sustituto de un muchacho huérfano. Era todas las cosas a la vez. Y cuando llegamos a la isla y abrimos las arcas y el oro brilló bajo el sol como una maldición, supe que se había acabado. Que a partir de ese momento yo sería simplemente un viejo con una pierna de menos y un saco de monedas. El tesoro me devolvió a mi tamaño real. Y mi tamaño real, señor Desiderio, es diminuto.

DON DESIDERIO: (escribe furiosamente; la pluma se rompe; la tinta mancha la página como una herida) ¿Y qué hace usted ahora?

SILVER: (se levanta; recoge su muleta con un movimiento fluido, casi elegante, a pesar de la cojera) Ahora vengo a faros apagados a conversar con hombres que hacen preguntas que no tienen respuesta. Ahora bebo ron barato en tabernas de puerto donde nadie sabe mi nombre. Ahora le hablo a un loro que ya murió disecado que tengo en una repisa y que ya no repite nada porque la muerte, afortunadamente, también silencia a los loros. Ahora espero.

DON DESIDERIO: ¿Qué espera?

SILVER: (camina hacia la puerta; cada golpe de la muleta es más lento, más deliberado, como un reloj que se detiene) Espero que alguien me haga la pregunta que usted no se ha atrevido a hacer.

DON DESIDERIO: (la voz le sale casi como un susurro) ¿Cuál?

SILVER: (se detiene en el umbral; la niebla entra por la puerta abierta y le envuelve la silueta como un sudario) La pregunta de si me arrepiento. Y la respuesta, Don Desiderio, es que no. Y eso es lo que me condena. No los muertos, no la pierna, no el oro perdido. Lo que me condena es que si pudiera volver a Bristol, a la taberna del Catalejo, a la mañana en que Jim Hawkins entró por la puerta con su cara de niño asustado, yo haría exactamente lo mismo. Cada mentira. Cada cuchillo. Cada disparo. Todo. (Pausa larga. La niebla se espesa.) Y un hombre que haría todo de nuevo no merece perdón. Merece una entrevista en un faro apagado. Que es exactamente lo que tiene.

(Sale. La muleta golpea la escalera de caracol: uno, dos, tres, cuatro golpes que se pierden en la niebla. Don Desiderio se queda solo. Mira el vaso de Silver, que está vacío. Mira el suyo, que está intacto. Bebe el suyo de un trago. Luego apaga la vela. La habitación redonda se llena de oscuridad y del sonido del mar, que sigue ahí abajo, indiferente, lavando los huesos de todos los hombres que alguna vez creyeron que el oro los haría inmortales.)

DON DESIDERIO: (en la oscuridad, para nadie) Maldito seas, John Silver. Maldito seas por tener razón.

(Silencio. Niebla. Mar.)

FIN.