La curiosidad fue más fuerte que mis temores y abandoné mi escondrijo;
me arrastré hasta la cima del talud, y desde allí, ocultándome tras un matorral
de retama, pude observar a todo lo largo de la carretera hasta la puerta de
nuestra casa. No tuve que aguardar mucho, pues de inmediato empezaron a
llegar mis enemigos, al menos siete u ocho; corrían hacia la casa y el ruido de
sus pasos resonaba en la noche. Uno llevaba una linterna y marchaba delante;
otros tres corrían juntos, cogidos por las manos; y, a pesar de la niebla, vi que
el que iba en medio del trío era el mendigo ciego. Un instante después escuché
su voz.
—¡Echad abajo la puerta! —gritaba.
—¡Echadla abajo! —contestaron otras voces.
Y vi cómo se lanzaban al asalto de la «Almirante Benbow», mientras el
que sostenía la linterna avanzaba tras ellos. De pronto se detuvieron y
hablaron en voz baja, como si les hubiera sorprendido encontrar abierta la
puerta. Pero, acto seguido, el ciego volvió a darles órdenes. Su voz sonó
estentórea y aguda, como si ardiera de impaciencia y rabia.
—¡Entrad! ¡Entrad! ¡Entrad! —gritaba, maldiciendo a sus compinches por
su indecisión.
Cuatro o cinco de ellos obedecieron en seguida y dos permanecieron en la
carretera junto al fantasmal mendigo. Hubo un gran silencio. Después oí una
exclamación de sorpresa y una voz gritó desde la casa:
—¡Bill está muerto!
El ciego rompió otra vez en juramentos.
—¡Registradlo! ¡Gandules! ¡Y los demás que suban a por el cofre! —
volvió a gritar.
Hasta mí llegaba el estruendo de sus carreras por nuestra vieja escalera; la
casa parecía temblar con sus pisadas. Después escuché nuevas voces de
sorpresa, la ventana del cuarto del capitán se abrió de golpe, con gran estrépito
de vidrios rotos, y un hombre asomó iluminado por la claridad de la luna y
llamó al que estaba abajo en la carretera.
—¡Pew! —gritó—, nos han tomado la delantera. Alguien ha limpiado ya el
cofre; todo está patas arriba.
—¿Y lo que buscamos? —preguntó Pew.
—Hay dinero.
El ciego maldijo el dinero.
—¡El escrito de Flint es lo que importa! —gritó.
—No lo vemos por aquí —repuso el otro.
—¡Eh, los de abajo, registrad bien a Bill! —vociferó de nuevo el ciego.
Salió entonces a la puerta uno de los que se habían quedado abajo para
registrar al capitán.
—A Bill ya lo han cacheado —dijo—. No lleva nada.
—¡Ha sido la gente de la posada! ¡Ha sido ese chico! ¡Ojalá le hubiera
sacado los ojos! —exclamó Pew—. No hace ni un minuto que aún estaban ahí
dentro; el cerrojo estaba echado cuando yo intenté abrir la puerta. ¡Vamos!
¡Registradlo todo! ¡Buscadlo!
—No pueden andar lejos —gritó el que asomaba por la ventana—, aquí
hay una vela que todavía está encendida.
—¡Buscadlos! ¡Hay que dar con ellos! —aullaba Pew, mientras golpeaba
furiosamente con su báculo contra la carretera.
Entonces comenzó un gran desconcierto en nuestra vieja hostería; carreras
y ruidos por todas partes, muebles que se volcaban, puertas abiertas a patadas;
el estruendo parecía resonar en las cercanas montañas. Luego empezaron a
salir los asaltantes, uno a uno, y aseguraron que sin duda ya no nos
encontrábamos allí. En ese momento, el mismo silbido que antes nos alarmara
a mi madre y a mí, cuando estábamos contando el dinero del capitán, se
escuchó de nuevo, claro y agudo, en la quietud de la noche. Ahora sonó dos
veces. Al principio creí que se trataba del ciego, que de esta forma llamaba a
su tripulación al abordaje; pero reparé en que el sonido venía desde la cuesta
que conducía al caserío, y al ver el efecto que tuvo sobre aquellos bucaneros,
comprendí que se trataba de un aviso de peligro.
—Es Dirk —llamó uno de los maleantes—. ¡Dos toques! Tenemos que
largarnos, compañeros.
—¡Lárgate tú, inútil! —clamó Pew—. Dirk siempre ha sido un miserable
cobarde… ¡No le hagáis caso! ¡Buscad al chico y a su madre, no pueden estar
lejos! ¡Dispersaos y buscadlos, perros! ¡Maldita sea mi alma! —juró—. ¡Si yo
tuviera vista!
Esta arenga produjo su efecto, sin duda, porque dos o tres empezaron a
buscar aquí y allá en la leñera, aunque desde luego sin excesivo entusiasmo,
ya que les preocupaba más su propio peligro. Los demás permanecían
indecisos en la carretera.
—Tenéis una fortuna en vuestras manos, imbéciles, y os asustáis de vuestra
sombra. Podéis ser tan ricos como reyes, si logramos encontrar ese papel.
Sabemos que está aquí y aún os hacéis los remolones. Cuando ninguno de
vosotros se atrevía a encararse con Bill, yo lo hice… ¡yo, un ciego! ¡No voy a
perder mi parte por vuestra culpa! ¿Es que voy a reventar como un miserable
pordiosero arrastrándome mendigando un poco de ron, cuando podría ir en
carroza? ¡Si tuvierais las agallas de una pulga, los atraparíais!
—Que se vayan al infierno, Pew. Ya tenemos los doblones —refunfuñó
uno de ellos.
—Habrán escondido el escrito —dijo otro—. Coge estas guineas, Pew, y
deja de aullar.
Aullidos era verdaderamente la palabra más exacta, y a tal punto llegó la
cólera de Pew al oír a su compañero, que su ira estalló y empezó a dar golpes
de ciego con su bastón a diestro y siniestro, y en las costillas de más de uno los
oí resonar. Se enzarzaron todos amenazándose con horribles maldiciones y
tratando en vano de arrancar el palo de las manos del ciego.
Su pendencia fue nuestra salvación, porque, mientras ellos reñían, otro
ruido llegó hasta nosotros desde lo alto de la cuesta del caserío: el rumor de
cascos de caballos al galope. Casi al mismo tiempo el resplandor y la
detonación de un pistoletazo sacudieron al fondo del camino. Debía ser ésa la
última señal de peligro, porque los bucaneros, al escucharla, dieron vuelta y
echaron a correr, dispersándose en todas direcciones, lo mismo hacia el mar, a
lo largo de la bahía, como a través del cerro, de suerte que en medio minuto no
quedó de la pandilla sino Pew. Lo habían abandonado o por cobardía o en
venganza por sus injurias y golpes; y allí estaba él solo y golpeando con el
palo en la carretera, frenéticamente, tanteando el aire y llamando a sus
camaradas. De pronto avanzó hacia donde yo estaba, corría; pasó ante mí,
gritando:
—¡Johnny! ¡«Perronegro»! ¡Dirk! —y otros nombres—. ¡No abandonéis al
viejo Pew, camaradas! ¡No abandonéis al viejo Pew!
El atronador galopar de los caballos sobrepasó la cima de la cuesta, y
cuatro o cinco jinetes se dibujaron a la luz de la luna y se lanzaron cuesta
abajo a galope tendido.
Y entonces vi que Pew cayó en la cuenta de su error; intentó dar la vuelta y
echó a correr hacia la cuneta, donde se precipitó dando tumbos. Se levantó
inmediatamente y siguió corriendo, pero ya estaba perdido, y vi cómo cala
bajo las patas del primer caballo. El jinete trató de esquivarlo, pero fue en
vano. Pew cayó dando un grito, que resonó en el frío de la noche. Los cascos
del animal lo pisotearon, revolcándolo contra el polvo, y pasaron de largo. Allí
quedó Pew, tendido sobre su costado; después se estremeció, casi dulcemente,
y quedó inmóvil.
De un salto me puse en pie y llamé a los jinetes. Habían frenado sus
monturas, horrorizados por el accidente, y los reconocí. Uno de ellos, que
cabalgaba rezagado, era el muchacho que habían enviado los del caserío a casa
del doctor Livesey, y los demás eran agentes de Aduana a los que encontrara a
medio camino y con los cuales había tenido la buena idea de regresar
rápidamente. El superintendente Dance había sido informado sobre el lugre
fondeado en la Cala de Kitt y por eso precisamente venían aquella noche hacia
nuestra casa. Esas circunstancias nos habían librado a mi madre y a mí de una
muerte segura.
Pew estaba tan muerto como una piedra. En cuanto a mi madre, la
llevamos a la aldea y un poco de agua fresca y unas sales bastaron para hacerle
volver en sí, sin más consecuencias que el susto, aunque no dejó de lamentarse
por haber perdido lo que faltaba para liquidar la cuenta del capitán. El
superintendente y los suyos continuaron inmediatamente hacia la Cala de Kitt,
pero tenían que descender una abrupta barranca, y sin luces, por lo que, entre
que debían tantear la senda y desmontar de sus cabalgaduras, además de las
precauciones por el caso de que les hubieran tendido una emboscada, para
cuando llegaron a la Cala, el lugre ya había zarpado. Se encontraba todavía,
sin embargo, tan cerca de la costa, que el superintendente intentó detenerlo
ordenándoles que se entregasen. Pero una voz respondió desde el mar
conminándole a apartarse de donde estaba si no quería llevarse un poco de
plomo en el cuerpo, lo que no era difícil ya que estaba iluminado por la
claridad de la luna, y al mismo tiempo sonó un disparo y una bala silbó junto a
su brazo. El lugre ya doblaba el cabo y desapareció. El señor Dance se quedó,
como él mismo dijo, «como pez fuera del agua», y todo lo que pudo hacer fue
enviar a uno de sus aduaneros a Bristol para dar aviso al cúter que servía de
guardacostas.
—Es igual que nada —dijo—. Nos la han jugado. De lo único que me
alegro es de haber acabado con ese canalla de Pew —del cual ya sabía la
historia por habérsela yo contado.
Volvimos juntos a la «Almirante Benbow», y no es posible describir un
estrago mayor; hasta nuestro viejo reloj estaba derribado, y toda la casa patas
arriba, pues en su busca nada habían dejado en pie aquellos malhechores, y,
aunque no consiguieran llevarse otra cosa que el dinero del capitán y algunas
monedas de plata que guardábamos en el mostrador, pensé que sin duda
estábamos arruinados. El señor Dance tampoco daba crédito a sus ojos.
—¿No me dijiste que querían robar el dinero? Pues entonces, dime,
Hawkins, ¿por qué lo han destrozado todo? ¿Buscarían más dinero?
—No, señor —le contesté—, creo que no era dinero. Se me figura que
buscaban algo que tengo yo en el bolsillo, y, para decir verdad, quisiera
ponerlo a buen recaudo.
—Muy bien, muchacho —dijo él—, tienes razón. Si quieres yo puedo
guardarlo.
—Yo había pensado en el doctor Livesey… —empecé a decir.
—Perfectamente —dijo interrumpiéndome con toda amabilidad—,
perfectamente. Es un caballero y además magistrado. Ahora que pienso en
ello, creo que debería ir yo también para darle cuenta de lo ocurrido a él y al
squire. Esa basura de Pew está bien muerto, y no es que yo lo lamente, pero el
caso es que hay personas de mala fe siempre dispuestas a aprovechar cualquier
pretexto para acusar de lo que sea a un oficial de Su Majestad. Así que,
escúchame, Hawkins, creo que debes venir conmigo.
Le di las gracias por su ofrecimiento y nos dirigimos caminando hasta el
caserío donde estaban los caballos. Casi antes de poder despedirme de mi
madre, vi que ya estaban todos montados.
—Dogger —dijo el señor Dance—, tú que tienes un buen caballo monta
contigo a este joven.
Monté y me aferré al cinto de Dogger. Entonces el superintendente dio la
señal y partimos al galope hacia la casa del doctor Livesey.
